Alex

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María Alejandra Rodríguez de la Vera fue siempre una chica especial. Nació el 27 de octubre de 1958, a las 5:07 a.m. Su abuela Cristina de la Vera Merlo. comadrona de oficio, al traerla al mundo declaró: “Esta niña va a dar mucho que hablar”. La Sra. Cristina, como la llamaban en el pueblo, no se caracterizaba por el acierto de sus vaticinios, pero a ella le daba exactamente igual, pensaba que si lo había dicho ella era más que suficiente, así que nadie le llevó la contraria, entre otros motivos, porque tenía un par de ovarios bien puestos, y una agresividad a prueba de cualquier clase de relajantes conocidos. Su fama era tal que en la región la llamaban “La guerrillera”.

Durante su infancia María Alejandra no dio avances de lo que iba a ser en la vida, paso esos años recogida en casa, sujeta a la estricta disciplina de su madre, y a la atención de un sinfín de niñeras y criadas, que su papá– D. Ernesto Rodríguez Cordero–, puso a disposición de su esposa, para la buena educación de su niña y el descanso de la madre. Muchos en el pueblo se extrañaron y pensaron que tal vez y sin que sirviera de precedente La guerrillera se había equivocado, aunque nadie tuvo el valor de reprochárselo.

Al cumplir los quince años María Alejandra se había convertido en una señorita que, sin ser guapa, llamaba la atención. A ello contribuían los potingues y cremas que su mamá encargaba en la farmacia del pueblo y, de vez en cuando, la utilización de algunas pócimas carísimas, que le llevaban desde los más reputados centros de belleza de Madrid e incluso de Paris.

Por esos tiempos los paseos de la Srta. Alejandra por el pueblo causaban estragos entre los caballeretes que la contemplaban. Veían a una joven heredera, su papá era el dueño de una exitosa fábrica de gaseosas, que inundaba el mercado nacional con sus productos. La jovencita era esbelta, rubia, con ojos azules, sin embargo, nunca nadie la había oído hablar.

Con ocasión de su décimo octavo cumpleaños D. Ernesto organizó, en la residencia familiar, un baile de puesta de largo, con el que se daba la bienvenida al mundo de los adultos a la joven, al tiempo que se abría la veda a los señores interesados en cortejarla.

El evento tuvo una repercusión no solo comarcal sino incluso provincial, la noche del miércoles 27 de octubre de 1976, día de Santa Sabina de Talavera, la casa de la familia Rodríguez estaba preparada par acoger a sus invitados, D. Ernesto había cursado doscientas invitaciones, seleccionando especialmente a sus invitados, entre las familias más prestigiosas y acaudaladas de la región.

A las nueve de la noche se abrieron las puertas de la mansión, D. Ernesto y toda la familia recibían en la puerta a sus invitados, conforme acababan de saludar los dirigían al jardín en el que se servían bocaditos elegantes y bebidas perfumadas y refinadas.

A las nueve y media, todos se trasladaron al enorme salón de baile, de cuyo techo pendían veinte majestuosas lámparas de estrás. En el fondo de la habitación habían instalado un piano de cola, de la casa Bechstein, traído especialmente para la ocasión desde Barcelona, en régimen de alquiler, con la promesa del Sr. Rodríguez de estudiar su adquisición, si quedaba satisfecho con su sonoridad.

Al lado del instrumento musical se encontraba de pie, Maximiliano de la Vera, primo segundo de la Srta. Alejandra, joven apuesto, estudiante de leyes, que tocaba el piano de oído, aceptablemente bien para ser pelirrojo.

Para sorpresa de los presentes la Srta. Alejandra avanzó pausadamente por el salón, se colocó al lado del pianista y comenzó a cantar una selección de piezas, en las que sus dotes de soprano dejaron a todos los asistentes embelesados y admirados.

Al terminar el pequeño recital se abrieron las puertas del comedor y los invitados fueron pasando a él. Allí había una mesa presidencial en la que se instalaron los familiares más cercanos de la homenajeada. La cena fue servida por el afamado restaurador Coque Villalba, estuvo repleta de platos elegantes, ligeros, frescos, acompañados de vinos de las mejores bodegas nacionales. Al finalizar la cena, de nuevo en los jardines, amenizó la velada una orquesta, algo populachera, de repertorio amplio pero anticuado, que hizo las delicias del público, al interpretar sus peticiones de canticos y ritmos de moda.

La Señorita Alejandra, con la excusa de querer fumar un cigarrillo, apartó a su primo hasta un bosquete separado de la vista general, allí, la joven confesó su amor por el muchacho, esperando la complicidad de Max.

Sin embargo, el joven titubeaba, no contestaba a la confesión de su prima. Tras unos tensos minutos de silencio, se atrevió a decirle: “Alejandra, sabes que para mí has sido siempre como una hermana, al menos he intentado tratarte así. Yo no creo en el amor romántico, estoy esperando a terminar mis estudios de Derecho, para colgar el título y lanzarme a conocer mundo. En estas condiciones no voy a aceptar tu ofrecimiento”

Esa respuesta provocó en la joven un dolor intensísimo, que se le instaló en el deltoides derecho, irradiando hacia la espalda y llegando a interesar su abdomen. Disimuló lo más que pudo y se fue, al tiempo que exclamaba: “Eres tonto Max, conmigo habrías sido feliz y con algo de paciencia hubieras sido un rico empresario…”

Alejandra pasó unos meses malditos, oscilaba entre una melancolía depresiva, trufada de arrebatos coléricos y maníacos. Sin embargo, los cuidados que le dispensaron su abuela y su madre, consiguieron poco a poco, recuperarla para el mundo de los vivos. Aunque ya nada volvería a ser igual…

Durante aquella larga convalecencia D. Ernesto se abstuvo de intervenir, daba muestras de cariño a su hija, pero nunca habló con ella, se sentía desbordado por aquellos dramas de mujeres, se sabía totalmente incapacitado para inmiscuirse en ellos.

Fueron la mamá de Alejandra, Dª Virtudes de la Vera, y su vieja abuela “La Guerrillera” las que se hicieron cargo de la dirección emocional de la jovencita.

Cuando la niña se recuperó, una mañana en que se encontraron las tres tomando el sol en el jardín y apagando su sed con unos vasos de té helado, la abuela preguntó: “¿Y ahora que vas a hacer pequeña?” “Los amoríos no son controlables”, se entrometió la madre. La abuela se quedó mirando a las dos, su cara reflejaba una sensación de asombro, tras contenerse unos pocos segundos, afirmó: “Alejandra a ti un botarate te ha roto el corazón, la única solución es que a partir de ahora, tú los destroces a ellos”.

La posibilidad, sólo la posibilidad, que le acababan de plantear le pareció inicialmente una barbaridad, pero conforme pasaba el tiempo las palabras, de su abuela, empezaron a encontrar acomodo en su ser, ¿y si esa fuera la solución?

El 27 de octubre de 1.992 Alejandra cumplió treinta y cuatro años, su vida había cambiado mucho. Su abuela y sus padres habían fallecido una década atrás, no se acomodó a dirigir ella misma la fábrica de la familia, así que la vendió a una multinacional interesada en expandirse en el mercado español. Se deshizo de la antigua casona de los Rodríguez y con el capital que reunió se trasladó a vivir a Valencia. Compró un amplio y confortable piso en el centro de la ciudad, consideraba que era el sitio ideal para vivir pues reunía las comodidades y servicios de las grandes poblaciones, sin llegar a ser una urbe de dimensiones inabarcables.

En estos años había rechazado más de sesenta amoríos, se había convertido en una maestra en dar calabazas a cualquier hombre que pretendiese intimar con ella. Cada vez le resultaba más placentero desmontar las ilusiones de sus pretendientes.

Pero Alejandra sufría, daba un no y sentía en sus brazos un extraño e intenso dolor. Había notado que el vello de sus antebrazos crecía desmesuradamente, con cada micra que aumentaba su longitud, el sufrimiento crecía desproporcionadamente.

Todos sus intentos por resolver el problema de forma discreta habían sido vanos. Ni la depilación más moderna, ni la acupuntura, ni las sesiones de onda corta, fueron suficientes para combatir su malestar.

Desesperada como estaba, llegó a valorar mas su posible bienestar que el que se conociera su intimidad y una tarde de abril, se personó en la consulta del último dermatólogo recién llegado a la ciudad. El doctor venía precedido por las mejores referencias clínicas del país, había cursado estudios en Barcelona, en la Sorbona, incluso había residido en Estados Unidos, trabajando en el John Hopkins Hospital. Alejandra estaba esperanzada con el resultado de esa consulta.

Cuando pasó al despacho del médico, le llamó la atención su buena planta y especialmente su juventud. Fu atendida con elegancia, incluso con cariño.

Al explorar sus antebrazos el medico mostró una mueca de sorpresa, acercó una lampara para poder ver mejor, luego una lupa, luego le dijo a la paciente que iba a tomar una muestra para analizarla al microscopio, comentario que inquieto a Alejandra, le inyectó unos mililitros de anestésico, le hizo un corte con un bisturí y con unas pinzas extrajo un folículo piloso. Luego se retiró unos minutos, para poder realizar el análisis.

La mujer se sintió fatal, esos pocos segundos que tardó el volver le parecieron una eternidad. Al entrar el médico Alejandra le preguntó:

–¿Es un cáncer, cierto?

— No, en absoluto, puede estar tranquila, es algo extraño, se trata de unas espinas, inapreciables a simple vista, que se sitúan en la raíz de su vello.

— ¿Tiene curación?

— Tiene tratamiento, es una afección infrecuente, extraña, pero descrita desde hace mucho tiempo, antiguamente—ignoro el por qué—se la relacionaba con los desengaños amorosos.

— ¿Me va a operar?

— No. Vamos a iniciar un tratamiento combinado, empleando los analgésicos y antinflamatorios más adecuados. Lo que sí le advierto es que nos tendremos que ver bastante a menudo, durante una temporada larga, Alejandra.

— En ese caso doctor, dígame su nombre, me temo que acabaremos teniendo cierta amistad.

— Como no, me llaman Maximiliano, como a mi padre, pero usted puede llamarme Max.

 

José María Sanchis

 

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