AQUEL AL QUE TODOS ODIAN.

AQUEL AL QUE TODOS ODIAN.

Nunca he sido muy inteligente, ni muy extrovertida, ni muy valiente, pero acabé descubriendo que aquél, al que todos odian, tenía nombre de mujer. Nombres que cambiaban con frecuencia: La Parca, La Muerte, la Portadora de la Guadaña. Incluso tenía una hija: “La Pequeña Muerte”, expresión con la que, los más atrevidos, se referían al orgasmo.

Así que todo estaba bien, sabía a quien tenía que odiar. Pero nada dura eternamente, empecé a encontrar indicios, que me perturbaban, no todo era coherente. Sucedió que tomé conciencia, que esas contradicciones, venían de antiguo, aunque yo me hubiera negado a verlas.

Ya en primaria, las compañeras, se apresuraban a aislarme, al grito de: ¡Que llega la Bomby!

En Bachiller sacaba muy malas notas, evidentemente los profes me tenían manía.

De jovencita cuando salíamos de marcha, yo era la primera en llegar y la ultima en marcharme, fumaba como un carretero, bebía como un puerco, blasfemaba sin parar. Pero no conseguí, ni una sola vez, ligarme un chico o una fémina, poco femenina.

No tuve suficiente nota de corte para entrar en veterinarias, así que empecé a trabajar. Iba encadenando un curro tras otro, de todos me despedían, de forma injusta y falsa. Que si mi falta de higiene, que si le hablaba mal a la clientela, que no me limara las uñas de las manos…

Conseguí casarme, con mi pobre Paco, echándole unos polvillos en su zumo de naranja, y es que mi hombre era abstemio, el efecto del elixir fue casi instantáneo, se despertó a mi vera, en un hotel de carretera, con un fuerte dolor de cabeza. Tres meses después le anuncié mi embarazo, asegurándole que el hijo era suyo, que yo no había estado con otro, cosa que era cierta, pues por no haber copulado no lo había hecho ni con él.

Pasados los meses frecuentes del embarazo, que estiré cuanto pude, ya se sabe el primer hijo suele retrasarse, al final no tuve más remedio que fingir un aborto natural, del otro estaba fuera de todo plazo legal. Paco se deshizo en mimos, me traía el desayuno a la cama, me llevaba a comer marisco, me dejaba el mando de la tele…

Pero, el hueso duro de roer fue mi “queridísima señora suegra”, me dijo que yo era una farsante, que no me merecía el que ella me hubiera querido como una madre—eso Sra. mía fue un buen intento a la par que más falso que Caín–. Mi Paco aguantó como un hombre, titubeó un poco cuando su mamá lo amenazó con desheredarlo, pero fuimos los dos a consultar al Ilustre letrado: D. Aquilino Lacosta de Borrás, quien nos tranquilizó, ante la ilegalidad de tal contingencia.

Así que la tempestad amainó y nuestras vidas volvieron a un estado de plena felicidad.

Pero yo seguía intranquila, los viejos fantasmas volvieron a aparecer; ni corta ni perezosa—esta vez sin la compañía de mi marido–, por visitar al párroco de mi iglesia, conste que no soy nada creyente, quien me recomendó la compra de unos cirios, de moderado precio, e incluso venir a bendecir mi domicilio, el hecho no se produjo porque por un fallo de empadronamiento, no pudimos conseguir un certificado de convivencia en nuestro domicilio habitual, aparecíamos reseñados en La Mata, pueblito chiquito y bonito, que habíamos visitado en una ocasión, pero en el que nunca vivimos, tan sólo dormimos una noche en una fonda muy mona, tras una copiosa cena.

Se sucedieron visitas a médicos, psiquiatrías, forenses, traumatólogos, incluso pase por una vidente y un herbolario, pero los resultados fueron más bien nefastos.

Unos tres meses más tarde por pura casualidad, estábamos viendo la tele, mi marido es fan de un tal José Antonio Avilés, hombre valiente donde los haya, capaz de aguantar, en la boda del hijo de Carmen Borrego, con una simple palangana en la cabeza, el puntero láser de un segurata, sobre sus ojos, sólo por eso se merece toda nuestra admiración.

Por alguna extraña razón, que no alcanzo a comprender, lo asocié con la Cayetana, y en su consulta que me planté. Cómo una es educada, pedí permiso antes de entrar a su despacho y le dije:

— ¡Parece usted más gorda en la tale!

— ¡Podría ser sí, y eso que me hincho a patatas fritas! ¿Ha venido a preguntarme eso?

— ¡No, por supuesto que no! Antes de comenzar me gustaría saber más sobre su currículo.

— No problem, contestó. ¡Mire yo misma se lo cuento! Si tiene dudas puede consultar en El caso, o mejor en El jueves, ¡La revista que sale los viernes! Soy psicoanalista lacaniana y divergente, también podríamos decir inversa. ¡Siga mis instrucciones y entenderá estos últimos términos! Apostilló la Dra.

Así que para mi asombró, yo me tumbé en el diván, al tiempo que tomaba notas en un cuadernillo marca “Acme”, ella me preguntaba alguna cosa, para mi muy extravagante, y me dejaba seguir hablando. Para cualquier espectador aquella escena hubiera resultado curiosa de ver.

Tras unos veinte minutos de lamentos por mi parte y algún que otro aullido que solté, consideré que eran precisos para rematar el contenido y lograr una atmósfera íntima, en la que yo quería que ambientar mis confesiones, la Dra. preguntó:

— ¿Y qué más?

— ¿Pues más nada—contesté?

— Creo que ya sé lo que le pasa, pero necesito que antes me diga: ¿Cómo prefiere el agua mineral, con gas o sin gas?

— Con gas, naturalmente—y–, a ser posible de marca Cepsa.

— Pues miré, me dijo, a usted lo que le pasa es que se ODIA A SI MISMA, cosa muy frecuente en nuestros días. Somos, todos, muy narcisistas.

— Yo me quedé perpleja, incluso pasmaa…

— ¡Ah! Lo suyo no tiene cura, así que paciencia y resignación cristiana, pequeña niña.

— Puede escuchar esta musiquilla, que no resolverá su problema, pero le haré utilizar el diccionario.

— Bien nos quedan 36 minutos, así que le cobraré sólo 600 €, a cambio me invita a unas cañitas y unas bravas.

— ¡Y recuerde! La envidia es un plato que se sirve frio, así que a comer siempre de cuchara.

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