AZÚCAR:03

AZÚCAR:03

Durante mis años de estudio en el MIT, en el que acabé trabajando, quedé fascinado por la robótica, entendía que, desde la creación del cerebro positrónico y las tres leyes de la robótica,- por el Dr. Asimov–, no se había avanzado teórica y prácticamente casi nada.

Para estudiar el avance de la robótica, había que partir de esos tres dogmas:

Primero: un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

Segundo: un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.

Tercero: un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Su utilización y difusión habían contribuido a popularizar a los androides, pero su empleo fuera de tareas domésticas o ejecución de trabajos peligrosos, era muy escaso.

Me pregunté muchas veces qué les faltaba a estos autómatas para conseguir la plena aceptación pública y su empleo en tareas más dificultosas. Se sabía que les faltaba alma, pero no conocíamos qué era.

Por pura casualidad encontré un manual sobre inteligencia emocional y vi que era la capacidad de reconocer las emociones de los otros y las de uno mismo. Además, leí a Goleman y acepté como modelo su clasificación de las seis emociones primarias: el miedo, la tristeza, la ira, la alegría, la sorpresa y el asco.

Contar con ellas era la puerta hacia la empatía. Así que me empeñé en lograr su incorporación a los androides. Para ello necesitaba formar un equipo, un neurólogo positrónico y un psicólogo de androides eran indispensables. Recurrí a mis compañeros, buscando su cualificación y una cierta disidencia de lo institucional. Mis muchos problemas con el Instituto Tecnológico de Massachussets, me inclinaban a realizar las investigaciones por libre.

Al cabo de un mes Loreta, Brian y yo, habíamos formado el grupo y alquilado un gran bajo en las afueras de Boston, habíamos contactado con los proveedores de elementos cibernéticos y teníamos unos ahorrillos que nos permitirían aguantar la investigación dieciocho meses, sin pasar agobios.

Tuvimos suerte al seguir la orientación propuesta por la psicóloga, Loreta apostaba por diseñar en el cerebro positrónico una estructura equivalente a la amígdala cerebral humana. De ella carecían completamente los antiguos androides, su diseño e implantación fue todo un acierto.

Al cabo de catorce meses teníamos con nosotros a nuestro robot,  RP-X003, se trataba de una señora de mediana edad, que ejercía un papel parecido a una madre de forma más que satisfactoria, era tan dulce que la llamábamos AZÚCAR.

Vendimos su patente a una afamada empresa de robótica, con nuestros ingresos montamos un segundo laboratorio, en el que hemos idos mejorando nuestras criaturas. Todas ellas pertenecen a la serie AZÚCAR.

Hemos formulado la cuarta ley de la robótica que dice: Todo robot analizará sus emociones y comprobará que no vulneran ninguna de las leyes originarias, si lo que siente no es conforme con ellas, las ignorará.

En este momento estamos finalizando las pruebas de AZÚCAR:03. Este modelo aprende emociones secundarias y las controla, se identifica totalmente con sus dueños, de hecho, su rostro es personalizado por el propio usuario. El azúcar ha puesto dulzura a nuestras vidas, le rendimos homenaje todos los días.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

Josma & Jose Taxi.

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