¡Cobarde!

¡Cobarde!

Es la única persona a la que he odiado, tenía unas ganas enormes de suprimirlo de la faz de la tierra, ya sé que debiera pedir perdón por ello. ¡ Pero no lo haré!

Era unos veinte años mayor que yo, se ufanaba de ello ante nuestros jefes, para ridiculizarme, utilizando expresiones hirientes acerca de mi bisoñez, de cuanta “mili” me hacía falta para llegar a su altura.

Fue el primer individuo al que conocí que confundía lo público con su propio patrimonio. Vivía de manera sencilla pero desahogada. Siempre estaba con sus chanchullos. Por la mañana trabajando para la administración y por las tardes para su familia.

Naturalmente trufaba su ejercicio profesional matutino de pequeños cambios de vista, en sus opiniones, que le beneficiaban a él.

Nunca me atreví a confrontarlo, a decirle a la cara lo que realmente pensaba de él.

Tan sólo una noche, cuando tenía un sueño especialmente vívido, me atreví a gritarle: “¡Cobarde, ya está bien! ¡Cobarde para ya!

Así que no sé si el cobarde hubiera estado mejor dirigido hacia mí, por no haberle hablado más clarito y contarle qué clase de pensamientos me había inspirado durante tanto tiempo.

Y colorín colorado este cuentecico se ha acabado.

Josma

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