Cornelia Justicia

Cornelia Justicia

Cornelia no comprendió nada cuando tuvo que comparecer, por citación “cuasi divina”, en un Juzgado por un tema de poca importancia, ya había tenido otros de todo tipo. Mientras esperaba su turno, se asombró de las carpetas y carpetas que había amontonadas por las estanterías en las que pensó que podía haber asuntos mucho más relevantes y con consecuencias más graves que el que ella había ido a solucionar.

No sólo “las señorías”, “fiscalías”, letrados, vaya forma de llamar a un simple juez, fiscal o abogado, sino los funcionarios del juzgado, parecía que habían caído en la marmita de Obélix y poseían unos poderes especiales por los cuales, no podías hablarles ni ellos contestarte a ti.

Si eso era poco, en el momento “comparecer” ante el supuesto “letrado de la administración de justicia”, casi había que pedirle por favor que aclarara y, además, a “su colega, también letrado, pero particular”, le afeó públicamente que no numerara los documentos físicamente: ¡pueden dar una lección de orden y buena organización!

Cornelia, que venía de  finales del siglo XIX, no era capaz de dar crédito a la situación que estaba viviendo: ¡se habían quedado anclados en la época en la que ella era una mujer joven! pero, si incluso ella había sido capaz de evolucionar y cantaba la canción de los tacones rojos de Yatra (qué marketing de hombre, pero qué guapo), ¿Cómo una institución así no había evolucionado ni un ápice? Después de darle numerosas vueltas al asunto, normal en ella, concluyó que determinadas cosas no cambian porque no interesa que así sea, si hasta el lenguaje es totalmente cambiante conforme evoluciona la sociedad, es posible que no quieran variaciones en la administración de justicia, no vaya a ser que se les vaya de las manos…

Cornelia

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