DESCONOCIDOS

DESCONOCIDOS

Carlos estaba pasando una mala temporada, cuando tenía trece años sus padres se habían divorciado, casi era mejor, pensó el muchacho, por lo menos en su casa desaparecerían las peleas, gritos y golpes de objetos, lanzados por sus mayores contra el suelo.

Al principio todo fue igual, excepto que su padre se marchó de casa, pero padre e hijo mantenían una excelente relación, se veían a menudo y papá ingresaba todos los meses un dinerillo, para contribuir a las cargas familiares.

Pasaron dos años y la situación cambió, mamá había encontrado un novio y querían c asarse, así que había que tramitar el divorcio, ese fue el detonador de los recelos, resabios y lacras, que habían colmado la relación de pareja de los papás.

Carlos se asombró cuando su padre dejó de verlo, aquello fue inesperado y doloroso. Tres meses más tarde el hombre cambió de domicilio y de hacer sus transferencias. Mamá se encontraba acongojada y muy enfadada.

Los trámites del divorcio siguieron adelante, pero al papá no lo encontraron y el juez lo declaró en paradero desconocido.  Incapaces de notificarle el proceso, publicaron el asunto en los tablones de edictos del juzgado y en su sede electrónica.

Comenzó la vista oral del juicio, hubo pocos testigos, pero su participación llevó a Su Señoría a dictar sentencia favorable a los demandantes. La guarda y custodia se entregó a la madre. Su matrimonio fue disuelto y se incluyó una pena económica, equivalente al diez por ciento de sus ingresos, al padre.

Carlos se quedó muy frustrado, ahora otro hombre ocuparía el lugar de su progenitor, éste era un borroso recuerdo, era un desconocido.

Cuando cumplió cuarenta y cinco años se sometió a terapia, él también se había divorciado, y fue entonces cuando se dio cuenta que era un desconocido para sí mismo,

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