Egoísta.

Egoísta.

Me lo dijeron mil veces, pero nunca quise prestar atención. Eres muy egoísta, muy egoísta…

Yo creo que no era para tanto, es cierto que ya de chiquito, me dedicaba a robar las meriendas de mis hermanos, las comidas y las cenas me era imposible, éramos diez en la mesa y la vigilancia de mis padres lo impedía.

En el colegio secuestraba a niños, hasta que alguno de sus hermanos, me pagaban el rescate, siempre en cuches, no quería mancharme las manos con dinero.

En el instituto me atribuía, constantemente, méritos que no me correspondían.

En la universidad tenía cuatro palomos que me suministraban buenos apuntes, que luego me explicaban, hasta que yo los memorizaba. Por clase sólo aparecía para los exámenes.

¿Es eso ser egoísta? No lo sé, tal vez sí, tal vez no…

Con el título de Ingeniero Industrial me incorporé al trabajo, en la asesoría Martínez González, aquí mis anteriores actuaciones egoístas se frustraron, mi jefe era una mala persona, se autodenominaba buena gente, pero era más egoísta que yo. Antes de que me despidieran me fui a dar la vuelta a España a nado, de piscina en piscina.

A la altura de Albacete tuve que salir del agua, había contraído alguna rara enfermedad, los síntomas eran variados: febrícula, tos, gimoteos y una voracidad desmesurada sobre el jamón ibérico y el queso manchego curado.

Me ingresaron en el hospital y allí tuve un encuentro inesperado: una mujer alta, rubia, bien hecha, con unos ojazos verdes. Noté mariposillas en el estómago y supe que me había enamorado.

Mi curso acelerado de modificación de conducta fue rápido e intenso. Mi novia, — a la que llamaré Gertrudis, para evitar alguna represalia—me dijo: “Lo mío es mío y lo tuyo también” y no admito discusiones sobre este punto, ni sobre ningún otro.

Yo que había sido el manipulador más grande de España y parte del extranjero, comencé a probar mi propia medicina, qué amarga estaba.

Salí del hospital, encontré trabajo como agente de una inmobiliaria, y con mi modesto sueldo y el de Gertrudis nos fuimos a vivir juntos. Todo iba bien, por lo que nos decidimos a contraer matrimonio. Antes de la celebración firmé unos papeles por los que yo renunciaba a cualquier derecho sobre los bienes pasados, presentes y futuros de mi prometida, a mí me pareció bien.

La madre naturaleza, con nuestra humilde colaboración, nos regalo tres hermosos hijos, que básicamente fueron criados por su madre, yo intensifiqué mis labores de captación y venta de pisos, lo que fue esencial para el mantenimiento de nuestra familia.

En toda esa etapa no recuero haber sido egoísta, no tenía tiempo para ello.

Nuestro matrimonio iba bien, nuestros hijos iban bien, y, sin esperarlo, sin previo aviso, nos divorciamos, no voy a explicar los motivos, lo cierto es que los ignoro.

La casa común, pagada ya la hipoteca, era de los dos, así que procedimos a su partición, ella se quedo la parte de dentro, yo la de fuera.

Quiero decir que yo vivía y dormía en el zaguán de la vivienda.

¿Hubo algún egoísmo en la división? Yo creo que sí. Aunque todo es discutible y nunca se sabe.

Y colorín colorado, este cuentecico—egoísta–, se ha terminado.

Jose Taxi & Josma.

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