El Ángel

El Ángel

Un atardecer rojizo presentaba las 3 lunas de Candoor sobre el horizonte

El Doctor Abhibandan Sha me esperaba en el túnel de salida del servicio de teletransporte. Abiiii! Compañero! Cómo estás? – adelanté mi saludo efusivamente, antes de llegar a su altura- cuanto me alegro de conocerte personalmente!

Hasta ese momento Abi y yo sólo habíamos tenido la ocasión de compartir largas reuniones holográficas. A Abi le gustaba ajustar su escenario virtual de manera que a veces se presentaba a las reuniones vestido de buzo, aparentando estar en una playa de aguas plateadas, en otras ocasiones se ocultaba tras una máscara, inspirada en las fiestas ancestrales que los antiguos códices localizaban en el rincón de una (inexistente ya) lejana galaxia… Lo cierto es que Abi era un tipo afable, divertido y con gran sentido del humor, lo cual hacia que trabajar con él fuera una experiencia motivadora y excitante para un joven como yo, que por aquel entonces cerraba primer tercio de mi vida.

Querido doctor!! Yo también me alegro de estrechar tu mano – me dijo mirándome a los ojos esbozando su habitual sonrisa- vamos a pasar una semana trabajando a lo grande!!

En el trayecto hacia el edificio de la CPA ( Comisión para la Planificación Atemporal) estuvimos charlando animadamente sobre los últimos descubrimientos de mi investigación. Desde muy joven me apasionó el estudio de los microinstantes, de hecho, mi tésis se centró en intentar construir un modelo circular para determinar la influencia de un microsuceso en su arco temporal de influencia. Con frecuencia, mis discusiones con Abi partían de modelos matemáticos para acabar discutiendo sobre filosofía madre, terreno en el que Abi era una auténtica autoridad: Como él mismo solía repetir, » los Antiguos ya se ocupaban de formularse preguntas trascendentales que incluso en una sociedad tecnificada como la nuestra no somos capaces de contestar de manera satisfactoria… Sólo el dominio de la atemporalidad nos dará la respuesta»

Aquella tarde Abi insistió en que le acompañara a cenar con su familia. No pude negarme pues sabía que Abi me apreciaba de veras y que su ofrecimiento era sincero. Nuestro aprecio era mutuo, ciertamente.

Tras una breve parada en las oficinas de la CPA para saludar al resto del equipo, nos dirigimos a su casa. Dejamos el deslizador aparcado en el jardín y nos dirigimos a la entrada. – Hola Abi! Como ha ido el día ? – Dharti, la esposa de Abi era bellísima, tenía la piel de un color verde oscuro y sus ojos azules brillaban como dos faros, señalando el camino hacia la costa. – A quien tenemos el honor de recibir hoy?- Abi me presentó y, en muestra de agradecimiento, yo le ofrecí a Dharti unas grageas de tiempo, que convertían el día en noche y la noche en día. Eran muy difíciles de conseguir, por escasas, y confié en que sería un regalo bien apreciado.

Abi y yo nos dirigíamos al comedor cuando ella me dijo: ven, acompáñame, quiero presentarte a la mayor de mis hijas.

En ese momento giró por el corredor, hacia la derecha y me cedió el paso permitiéndome entrar en un dormitorio.

Repentinamente me encontré en el dormitorio de su hija, delante de la cama en la que yacía una chica cuya edad me fue imposible de adivinar. Vestía una camiseta y un pantalón corto. Apenas podía moverse, sus piernas retorcidas y sus manos encorvadas hacia las muñecas, le daban un aspecto bien desagradable. Tenía el rostro tan delgado que parecía un cadáver y los movimientos convulsos y erráticos de sus extremidades hacían pensar que se encontraba en constante padecimiento. Al advertir nuestra presencia emitió unos sonidos que fui incapaz de interpretar. Inevitablemente entré en bucle: no sabía por qué Abi me había llevado hasta allí, me encontraba tremendamente incómodo sin saber qué decir, qué hacer, hacia dónde mirar… No sabía si debía volverme hacia Abi porque temía su reacción… Los segundos pasaban, Abi permanecía en silencio, observándome y percibió mi tensión. Me cogió por el brazo con un gesto fraternal y le miré. Nunca olvidaré lo que me dijo: todo es mucho más sencillo de lo que piensas, ella es mi Ángel, Sarah es el Ángel de toda nuestra familia desde que llegó a este mundo, desvalida y con parálisis cerebral. Cada día damos gracias de tenerla con nosotros y queremos que nuestros amigos la conozcan con total naturalidad y como un miembro más de esta familia.

Con lágrimas en los ojos dije «Gracias» pues era lo único que de se me ocurría en aquel momento, pero fue la palabra más acertada para expresar una mezcla de incomodidad, comprensión y empatía.

Aquella noche cenamos tranquilamente, sentados a la mesa Abi, su esposa, la menor de sus hijas ( quien crecía fuerte y sana) y yo. Charlamos de los mundos, y al caer la noche la convertimos en día, para profundizar sobre la aceptación y el amor incondicional

Este cuentecico ha contado con la colaboración especial, con carácter de autor de:

Pablo Sanchis

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