EL BARDO III

EL BARDO III

Tres jornadas más tarde de su encuentro con los druidas, Daeron y su primo llegaron a un amplio valle, estaba lleno de plantas y había un riachuelo en uno de sus laterales.

Los caballos encontraron agua y pasto fresco. El primo puso a remojo su dolorido trasero y Daeron intento pescar los peces que recorrían el agua, sin ningún éxito.

Otro día sin comida, ya estaban acostumbrados, el frio los azotaba de plano, así que caballos y hombres se acomodaron unos contra otros, cual una orgía, sin sexo, claro es.

Dos días más tarde en un claro del bosque encontraron a un tipo muy gordo, vestido con unos pantalones de bandas blancas y azules. Le acompañaba su perrito Ideáfix, al que trataba con un mimo increíble. Alzaba un peñasco cilíndrico, que pesaría más de trescientos kilos. Tras asegurarse de que los viajeros no eran romanos, les indicó la dirección a seguir para llegar a la aldea y se fue a cazar unos cuentos jabalís, para pasar el día.

Llegaron a la empalizada que rodeaba la aldea, se oyeron unas voces, que con tono de decepción decían: ¡No, no son romanos! Avisad al jefe.

La puerta se abrió, e la entrada les esperaba un galo bajito, rubio, con un cinturón del que pendía una pequeña cantimplora, igual que la que tenía Daeron. Dijo llamarse Astérix, se encargaría de ir presentándoles al resto de vecinos. Debía mandar mucho pues todo el mundo obedecía sus órdenes, sin rechistar.

Inició la tanda de exposiciones, Edadepiédrix, el más mayor de la aldea. Era el único que pensaba que no necesitaba poción. Su esposa una mujer joven y atractiva, era la que nada en casa. Trataba despectivamente al viejo, le hacía fregar los platos, limpiar la casa, ir a la compra.

El siguiente fue Panorámix, el druida. Creador de la poción mágica, el hombre más sabio del pueblo. Su cara reflejaba la bondad de su corazón.

Ante el alboroto y como tenía por costumbre se entrometió Asurancetúrix el bardo de la aldea. Estaba convencido de ser un gran artista, intentó interpretar una de sus composiciones, pero entre varios vecinos lo ataron a un árbol y lo amordazaron. Daeron sintió pena por ese bardo. Acompañado de su señora esposa, Karabella. Toda una experta en intrigas, bajita y con mal carácter.

Astérix dio por finalizadas las presentaciones y marcharon casi todos a comer a casa del jefe. Por supuesto el bardo, Asurancetúrix, no fue, seguía atado al árbol. Los galos eran excesivamente frugales en el comer, se sirvieron unas ensaladas, entre cuyos componentes estaba la “lechuga romana”, algo de pan recién horneado y jarras de vino, un buen vino que se fabricaba de los viñedos de la aldea.

De pronto se retiraron la vajilla y los manteles que habían utilizado en la comida. El personal se marchó, unos discretamente, otros se despidieron a la francesa. Parece ser que iban a echar una siestecilla, costumbre que erróneamente se atribuía a los españoles.

Los primitos salieron a pasear, encontraron todavía atado, a Asurancetúrix, les dio pena y lo desataron. Éste se encontraba deshidratado, medio asfixiado, como muestra de su agradecimiento a los primos—libertadores—comenzó a cantar. Ahí se descubrió lo mal que lo hacía, ese era el motivo de atarlo. Tenían razón los vecinos de aquella aldea gala, que era la única en resistir a los romanos.

A punto estuvieron: Daeron y Faetón en volver a ponerle las ligaduras, pero se contuvieron. Lo dejaron cantar cuanto quiso, ellos se taparon los oídos y jugaron unas partidas de dominó mental, no tenían fichas.

El bardo dejó de aullar sus canciones, se calló ante la ausencia total de público. En ese momento Daeron aprovecho para intercambiar unas poquitas palabras.

— ¿Asurancetúrix, tú has probado la poción?

— No y no pienso hacerlo.

— ¿Por algún motivo concreto?

— ¡No! Ni me la dieron ni yo la pedí.

Esa era la historia, sin más, un problema de comunicación.

De ponto se presentó en el corrillo Obélix, cargado con tres jabalíes, y no dijo nada, pero sonrió. Viendo esa actitud, que por algún oscuro motivo encontramos insultante, nos fuimos, el que se quedó fue Asurancetúrix. ¡Que extraño, que inquietante!, ¿verdad?

Y colorín colorado este cuentecico, me temo que no ha terminado.

Jose Taxi en colaboración con Josma

 

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