EL BARDO

EL BARDO

Daeron y su padre Thingol, se dirigían, caminando, hacia la pequeña localidad de Thesarius, donde se celebraba el examen, para adquirir la condición de bardo. Esta era la cuarta vez que Daeron se presentaba a la prueba, tenía muchas dudas de conseguir aprobarla.

Su problema era que tenía la voz excesivamente grave, sus canciones sonaban mal. Había probado todos lo métodos conocidos: tomar clara de huevo crudas, hincharse a comer unos hierbajos, que sabían fatal, hacer escalas muy altas, todo ello sin resultados. Aunque este año su hermano mayor, que había estado en Las Galias le trajo una pócima de un druida, que parecía funcionar, pero seguía nervioso, pensaba que podría fallar en cualquier momento.

— ¿Qué te digo siempre, hijo?

— ¡Lo sé padre, lo sé!

Thingol le había contado que su abuelo alcanzó el título de Bardo, tras examinarse 13 veces, su problema era la falta de memoria y la incapacidad de improvisación. Si la función del bardo era recordar historias, contar cuentos y transmitir noticias, las cualidades del abuelo, eran nefastas. Thingol siempre había pensado que su padre fue bardo de forma inmerecida.

Llegaron a su destino al atardecer, se alojaron en una vieja y sucia posada. En la cena no había más que espinacas y coles. Ambos pensaron que era mejor así, al día siguiente se realizaban las pruebas, una cena ligera les vendría bien.

Daeron apenas durmió, entre los ronquidos de su padre y lo nervioso que se encontraba, no  hizo más que cambiar de posición en la cama, sin poder descansar.

Y por fin llegó el temido y ansiado día. El tribunal estaba integrado por los bardos más grandes: Carolan, Cearbhalláin y Caeron. Daeron tuvo suerte, este año sólo se presentaban a las pruebas cinco. Era una ventaja, si había muchos aspirantes el jurado se cansaba, eso era malo para los muchachos.

Una mano no demasiado inocente, se trataba de Thingol, procedió a sacar unas piedras de diferentes colores, de un recipiente, al que llamaban “urna”, a Daeron le tocó el tercer lugar para interpretar sus cánticos.

Unos minutos antes de que le llegará su turno, Daeron, tomo un par de sorbos de la poción que le había traído su hermano. Inmediatamente sintió una relajación y una paz interior intensas. Llegado el momento, comenzó a cantar con una voz nueva, para todos. El tribunal se puso en píe y aplaudió. ¡Ya era un bardo, ya podía lucir sus ropas azules!

Todo estaba bien, era un gran día… pero iba a depender siempre de aquel elixir mágico, aunque había oído rumorear que: si accidentalmente, te caías dentro de la marmita en que se preparaba la poción, no te hacía falta volver a tomarla. Así que hablaría con su hermano para que le indicase el camino hacía esa aldea gala, que seguía resistiendo ante los romanos

Y colorín, colorado este cuentecico—para bardos y galos—se ha terminado.

José Taxi en colaboración con Josma.

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