EL DESENCUENTRO.

EL DESENCUENTRO.

Desde hace un año, cada semana, cojo el autobús y voy al barrio más próximo, allí hago mis recados.

Hace unos días me encontré en la parada con mi prima Patro, nos fuimos juntos. Estuvimos en el estanco, en el supermercado y al salir la invité a tomar algo.

Estábamos hablando, fumando, riendo y de repente me dijo: “Niño, nos están siguiendo”. Me quedé pasmado, aquello no tenía sentido.

— ¿No me crees? Ahora verás, sígueme.

Patro volvió a entrar en la tienda, yo la seguí, cogió una barra de pan, pagamos y salimos a la calle. Nos esperamos en la acera, al acecho de quién sabe quién.

En menos de dos minutos apareció un hombrecito de barba y cabello blancos, mi prima lo paró y le preguntó si nos seguía. El hombre no dijo nada, miró hacia el suelo y esperó, espero mucho rato.

— ¡Pedazo mamón! No tienes ni la hombría de asumir lo que has hecho, pero espérate que esto no va a quedar así. ¡Paco llama a la policía!

Me disponía a seguir sus órdenes, a la Patro hay que conocerla enfadada, pero en eso el hombrecito levantó una mano y dijo: “¡Alto!”.

O se mareó o lo simuló, pero lo cierto es que acabamos los tres sentados en una mesa del mismo bar.

Allí el hombre se tomó una infusión, nosotros atacamos unos refrescos. El individuo no soltaba prenda, Patro se puso nerviosa, levanto un puño y lo amenazó: “Ya está bien, coño, empieza a cantar o te juro que te dejo sin dientes”

Intenté tranquilizar a mi prima, pero el hombre dijo: “Déjelo, se lo voy a contar todo, he fracasado y ahora ya no tengo nada que ocultar”.

Y así comenzó una historia extraña, se describió como un intelectual, que había prestado multitud de servicios diplomáticos, intermediando entre muchos países. A los cincuenta años, con el riñón bien cubierto, se retiró a su casa de campo y comenzó a leer y leer.

Nunca lo había confesado a nadie, pero su ilusión más secreta era convertirse en escritor, labrarse una sólida reputación con sus novelas, pero no sabía por dónde empezar. A través de unos amigos encontró una escuela de escritura, presentó su currículo y algunos de sus textos. La dirección del centro le exigió que presentara algo más real, como él se quejaba de su falta de inspiración, le propusieron que siguiera a un autor y averiguase de dónde se nutría su imaginación.

Confesó que llevaba cerca de seis meses persiguiéndome, sabía todo lo que hacía, lo que comía, dónde compraba, con quien hablaba, pero no había podido descubrir cómo encontraba temas para volcar mi habilidad, ahora ya no podía continuar.

— Menudo rollo nos has metido vejete.

— ¡No seas tan burra Patro!

— Bueno en todo caso haga como si no lo hubiéramos descubierto y no ha pasado nada.

Se equivoca en algo, me atrevía a apuntar, la imaginación es como un músculo, cuanto más se ejercita más crece, así que olvídese de encontrar la inspiración, simplemente escriba, escriba y escriba.

Y colorín colorado este cuentecico, –escritoril–, ha terminado.

Josma & Jose Taxi.

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