El reencuentro

El reencuentro

Recibí el aviso a primera hora de la mañana, nada más entrar en mi despacho, me contaron que mi hermano Ernesto estaba ingresado en la clínica del Dr. Antúnez, así que tomé el primer AVE y corrí hacia allí.

— ¡Buenos días!, soy Pedro Gil.

— ¡Hola Pedro! – contestó la recepcionista.

— Siéntese un momento, mientras aviso al doctor.

Siguiendo sus instrucciones me dirigí hacia la zona de espera, la visión de un sofá sucio y desgastado me apartó de la idea de tomar acomodo en él y permanecí en pie.

La recepción de la clínica era muy amplia, con un par de mostradores para atender a las visitas, una zona de descanso y unas curiosas vitrinas, atiborradas de placas de agradecimiento de antiguos pacientes, que elogiaban el trato y los beneficios recibidos en el centro sanitario, sin olvidar una que daba cuenta de la donación de aquel edificio por parte de la familia Recasens al Instituto Provincial de Salud Mental, en la actualidad dirigido por el Dr. Antúnez. Por supuesto aprecié el olor a hospital que tanto me molestaba.

Por una vidriera, que se encontraba en el ángulo izquierdo de la sala —  justo al ladito de un arpa, que algún estudiante había olvidado allí, seguramente harto de tanta monotonía–,  divisé una figura familiar. Era un hombre muy alto, fornido, con una cabellera canosa, vestido sobriamente y con una bata blanca, que llevaba desabrochada.

— Pedro ¿quiere pasar?

Lo seguí hasta su despacho, lo miré atentamente

— Pedro, me alegro de verle, hacía mucho que no sabía de usted.

— Cierto doctor, de Ernesto se ha venido ocupando Luisita, pero no he podido localizarla.

— ¡Claro!, me contestó, Luisita está en el extranjero, disfrutando de un bonito viaje, en compañía del viajante.

— ¿Cómo dice?– pregunté intrigado–, ¿me está diciendo que mi hermana se ha ido con un viajante? ¿Representante de qué?

— De nada Pedro, de nada, me refiero a este hombrecillo humorísticamente, , porque se mueve mucho, saltando de un país a otro de forma insistente.

— ¿Y lo de hombrecillo por qué lo dice, es chiquito o muy joven?

— ¡No! Es un hombretón tan pesado y narcisista cuan largo es. ¡Parece que usted no sabía nada de los andares de su hermana! Pero Pedro, ha venido a ver a su hermano, le pongo al día.

El Doctor me contó que esta última vez habían encontrado a mi hermano, fuera de sí, peleándose con dos policías. Afortunadamente apareció una ambulancia, sus sanitarios sedaron a Ernesto y lo llevaron a la clínica. Por enésima vez, Antúnez había puesto a Ernesto bajo tratamiento, con la medicación de costumbre, estaba reaccionando bien, pero quedaba pendiente qué hacer con él cuando recibiera el alta.

Antúnez se lamentó del error de mi hermano, que con su enfermedad no podía permitirse el lujo de abandonar la medicación, pero no había forma de conseguir que cambiase de costumbres. Esto complicaba el problema de dónde iría Ernesto, de quien lo vigilaría en su higiene mental, tras el alta médica. Hasta ese momento Luisita había asumido el papel de tutorizarlo, pero ahora iba a ser imposible.

— ¡Dr.! ¡Nunca he entendido bien la clase de enfermedad que sufre Ernesto!

— Es difícil de explicar, me indicó, en clínica lo llamábamos psicosis maniaco depresiva, ahora se denomina trastorno bipolar, un ciclo continuo de cambios de humor. Pero no es un mero, ahora estoy triste y luego contento, la tristeza es auténtica depresión, una sombra negra que invade todo el ser y que puede llevar a desenlaces funestos La manía es la etapa en que el paciente se encuentra bien, se vive como un superhéroe y puede cometer las locuras más extremas.; la afirmación irracional de un yo inexistente, el sentirse superior a todo y a todos, en fin, una verdadera calamidad. He tenido pacientes que se creyeron emperadores, genios, que creyeron que eran capaces de volar. ¡Y no! ¡No le estoy describiendo a un loquito prototípico! Suelen ser personas inteligentes, pero que no se comportan como tales,

— Dr. ¿está usted seguro de que Ernesto es así?

— ¡No es así ¡¡Está así! Vive en la mas ignominiosa de las soledades, de la incomprensión, del abandono… de saberse incapaz de mejorar.

Conforme avanzaba Antúnez, noté que mis piernas temblaban, mi estómago se revolvía y se me formaba un nudo en la garganta, mis ojos empezaron a humedecerse. Tuve un gran sentimiento de culpabilidad, tantos años sin ocuparme de él, sin tan siquiera conocer sus andanzas.

— Ahora me preguntará, Pedro, por la cura para tal enfermedad, lamentablemente no la hay, hemos superado la brutalidad de las descargas eléctricas o de los neurolépticos ahora tenemos fármacos eficaces que palían los síntomas, pero no curan. Su hermano morirá bipolar. El litio, algunos antipsicóticos y la terapia ofrecen resultados positivos, pero hay que ser constante en su utilización y Ernesto no lo es.

— Así que tenemos pocas alternativas, con Luisita de viaje y usted viviendo fuera, no tendremos más remedio que ingresar a Ernesto en un sanatorio, el no sabe ni puede gobernarse.

-Pedro ya le he contado demasiadas cosas, sabe que para cualquier aclaración que desee estoy a su disposición, ahora Ernesto ya se habrá despertado, vamos a verlo.

Me levanté y seguí a Antúnez, me dio la impresión de que caminábamos por los pasillos de un matadero, en dirección al encuentro de a quien mi padre había definido, muchos años atrás, como una persona genial a la que no le pasaba nada, él nunca quiso o supo aceptar su enfermedad. Excepto Luisita, toda la familia habíamos estado huyendo de él.

Al entrar vi a mi hermano despertándose, nos sonreímos, sin duda estaba agradecido de mi presencia, tras tantos años de tenerlo casi abandonado. Le cogí la mano, me acerqué a él y le di un beso… mientras él susurraba: — por fin…– el reencuentro–.

Y colorín, colorado, este cuentecico se ha acabado.

Josma

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