En Ocasiones Oigo Voces y sus Ecos.

En Ocasiones Oigo Voces y sus Ecos.

Comencé a oír voces en torno a los cincuenta años. Al principio me asusté, así que me fue corriendo a visitar al Dr. Antúnez.

El famoso psiquiatra me examinó de arriba a abajo y de abajo a arriba, al finalizar me dijo: “Está usted como siempre, un poco tonto, pero para eso ya le receto tontitlón”. Por otra parte, esto es muy frecuente, hay quien habla con la televisión e incluso con la radio, especialmente en los debates de corte político.

Algo decepcionado por los comentarios de mi psiquiatra, que resultaban acertados si consideramos que no me comprende casi nadie.

Me acerqué a casa caminando, para hacer ejercicio y despejarme En mi estado era necesario tomar alguna bebida reconfortante, de modo que paré en el bar Pardo y solicité un aquarius con orégano. Al rato apareció el inspector García, premio nacional de la mezcla de bebidas, por dos años consecutivos, pidió lo mismo que yo.

Fumamos y bebimos y perdida mi vergüenza inicial a desnudar mi alma, le conté lo que me pasaba. Sonrió, exhaló el humo de su pitillo por la nariz y me dijo: “Déjate estar de cuentos y quejas, a mi también me sucede, así que hazte el hombrecito y olvida ese asunto, considera que son simples recuerdos”

Derrotado, me marché a casa. Nada más entrar, empezó el dialogo. Primero mi abuela: ¿Qué el tambor no es tropa, por qué no me saludas? Perdona ha sido un despiste. Luego mi tío Henry, ¿Tienes recambios pares mi mechero?

No eran recuerdos, ellos me hablaban de cosas actuales, yo los oía y en ocasiones les contestaba. Las oía en toda mi casa, algunas tenían eco… voces, voces, voces…eco, eco, eco.

Como necesitaba descansar llamé a mi amigo Tony y vía INSERSO, nos plantamos una semanita en el balneario de Archena, allí descansamos los dos, recargamos las pilas y volvimos vivos y sin colear, a nuestros domicilios.

No habían pasado 24 horas y ya estaba el vocerío invadiendo mi persona.

No soy un creyente ejemplar, pero me fui a la Iglesia de la Purísima en Salamanca, vivo en Valencia, pero el viajecito, que inicialmente pensaba hacer andando, — son más de 500 Km–, así que me compré un caballo y acorté algo su duración.

Llegué a la Iglesia y pregunté por el párroco. Al cabo de diez minutos apareció un hombrecito calvo, con gafas, me dijo que lo llamasee Padre Eustaquio. Le conté mi historia, en ese momento me sugirió pasar a su despacho, no era cosa de hablar en público, había que ser prudente en esos temas.

Su oficina, con un mobiliario modesto contaba, sin embargo, con una dotación tecnológica de última generación.  El Padre Eustaquio, comenzó a preguntarme:

— ¿Es usted católico practicante?

— Católico sí, practicante no.

— ¿Bautizado, confirmado, soltero, casado, viudo?

— Sí padre, recibí todos los sacramentos, pero estoy divorciado, aunque por la Iglesia seguimos casados.

— Bien no sé…

— ¿Qué busca usted de la Iglesia?

— Exorcismo, Padre, un intenso exorcismo.

–Yo no creo que sea lo más adecuado, no obstante, lo consultaré con el Arzobispado, estas cuestiones les corresponden a ellos.

Salí de allí algo nervioso, no sabía si el Arzobispado aceptaría mi petición. Pasada una semana me personé en la Iglesia de la Purísima, el párroco me dejó pasar a su despacho. Estaba sonriendo cuando entré, me contó que mi solicitud había sido aceptada. El paso siguiente seria ir al convento de los Carmelitas Descalzos el siguiente miércoles a las once de la mañana.

El día y hora convenidos me adelanté media hora a la cita, así que me tocó esperar. No se oía ni el vuelo de una mosca, me extrañó mucho, había pensado que, en los exorcismos, había gritos, levitaciones, vomitonas de sangre, pero allí parecía diferente.

Cuando iba a entrar en la habitación dispuesta para la ceremonia, salió a recibirme Romualdo Hernández, que lo primeo que me dijo fue: vamos a tutearnos y me puedes llamar Romu… ¿Cuál es tu nombre? A mi me llaman Josma Taxi.

Aunque yo he estado fuera unos días ya me han contado lo que te pasa, así que te voy a aplicar un remedio exprés, que ningún demonio podrá resistir. Acércate y escucha esta cancioncita

–¿Cómo te sientes Josma?

— ¡Bien, muy bien, no oigo voces?

— ¿Cuánto he de pagar?

— ¡No cobramos nasa! Se da la voluntad, mucha, poca, nada… tú mismo. Me voy que me está esperando otro poseso…

Durante varios días seguí sin voces que me martirizaran, sin muertos dándome la tabarra. Pero al cuarto día apareció una voz con la que no había podido el exorcismo. Era la mía, siempre hablando, en voz baja, en voz alta, a veces, incluso chillando. Tengo una duda grave: ¿Quizás estoy muerto?

Y colorín colorado, este cuentecico—exorcizador –, se ha terminado.

Jose Taxi & Josma.                      

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