¡Hola, Sr. Cantinflas!

¡Hola, Sr. Cantinflas!

— ¡Hola Cantinflas!

— ¡Cuidadito chaval, ese no es mi nombre!

— Pues yo pensaba que sí.

— Me llamo, mejor dicho, me llaman, Jorge

— ¿Y lo de Cantinflas? He visto a Rafa llamarte así.

— Otra vez, tampoco así es mi nombre, te lo repetiré por última vez me llaman ¡J. O. R. G. E. ¡

— ¿Entonces, lo de Cantinflas?

— Es mi nombre de guerra, tú puedes llamarme D. Jorge, o Señor Cantinflas.

Aquel dialogo para besugos continuó cerca de veinte minutos más. Yo empecé a cansarme de la tozudez del Sr. Cantinflas, qué plasta es el pobrecito mío. Es tan pesado que se casó una vez y se divorció otras siete, de la misma mujer. Él contaba que ella era muy pesada, de ser cierto espero no conocerla, pero yo creo que el plomazo era D. Jorge.

Así que para darle un giro a la conversación le dije:

— ¡Creo que la semana pasada coincidimos en la puerta del hospital! Tú salías y yo llegaba.

— Imposible, hace más de un año que no voy por allí, ¡Y si te visto no me acuerdo, Sr. Taxi!

Y el tema siguió, me contó que estaba enfermito del corazón, al tiempo que se fumaba, un caliqueño de La Canal, apestoso y alto en alquitranes y adobo. Le pregunté si fumar no era malo para su salud, me miró con altanería y sonrío…

Yo intenté repetidamente explicarle mis   tres operaciones más importantes, pero no hubo forma humana. Ya como despidida, le dije:

— ¡Sr. Cantinflas me voy y, si te vuelvo a ver, no me acordaré de V. I.!

Y colorín colorado este cuentecico se ha acabado.

Josma

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