Juntos de la mano

Juntos de la mano

Los dos jubilados, suben, cogidos de la mano, por el mismo sendero que, en 1.984, recorrieron en su viaje de novios, cuando estuvieron en Ordesa. En un punto del riachuelo, mientras él se queda fuera, igual que hizo la otra vez– ahora ya no recuerda el motivo que tuvo para no entrar—ella se descalza y entra en el río–, a mojarse los pies.

Desde esa situación ella lo mira y sonríe, él la ve y le devuelve la sonrisa. En ese preciso instante una especie de flash asalta su memoria y ve la niña que recuerda, y que tan sólo vio en unas viejas fotografías: sus trencitas, sus dientes de niña pilla, su mirada traviesa. Cuando se cansa ella sale del agua, él le tiende la mano, ahora le cuesta mucho: su artritis le ha ido carcomiendo las articulaciones, le da una toballa y la deja apoyarse en su hombro para secarse los pies.

Cuando acaba, se miran y se sonríen, como llevan haciendo desde hace cuarenta y cinco años. ponen entre los dos unos paquetes con dos bocadillos de huevo con atún, dos manzanas, una botella de agua y otra de vino, que él ha escamoteado, junto con un sacacorchos y una copa de vidrio de buena calidad, en el bar de su alojamiento, van comiendo y bebiendo despacito. Y sin apenas hablar van recordando casi toda su vida en común…

Esta vez han conseguido superar el angosto camino, pasando la Cola de Caballo, ascendiendo junto al río, con la intención de llegar a sus fuentes. Los dos temen no poder alcanzarlas. Pero, despacito, juntos de la mano, sigue el camino.

Prácticamente no hablan, el rumor del río acompaña su escarpado ascenso.

Él la recuerda iniciándose en la docencia, ella fue durante algo más de cuarenta años, profesora titular de Psicología, es la Dra. Calatayud, a la que cada vez quiere más, premio extraordinario de Doctorado. Él consiguió ser un humilde Secretario-Interventor de Administración Local.

Ahora se paran un ratito, a deleitarse con los espumarajos que hace el agua del río, al atravesar una pequeña cascada.

Ella recuerda a sus dos hijos, a los que en alguna ocasión hubiera metido en dos botijos tapados con pez y tirado al mar, pero eso le ha durado siempre poco tiempo. De hecho, perteneció a la primera generación española que tuvo que compatibilizar el trabajo y el cuidado de la casa, con poca– o casi ninguna–, ayuda.

Pero pronto sale de su ensoñación, la despierta el rumor del rio, sus aguas cristalinas que van hacia abajo, justo al lado de ella. Es el río que nace en la Cola de Caballo, que ya dejaron atrás.

Empezaron caminando por la Ruta de los Cazadores, sendero que está menos concurrido que el recorrido clásico, aunque en su principio es más empinado. Llevan ya tres horas de camino y deciden volver, les quedan bastantes kilómetros por hacer, tras remontar un repecho y girar hacia la izquierda, se topan con las Gradas de Soaso, mucho más esplendidas y espectaculares que nunca. Se paran para contemplarlas, un buen rato. Él la rodea con su brazo derecho, la atrae hacia sí, la besa en la frente,  y, sin poder evitarlo,  se emociona.

Los dos saben que han de seguir el curso de descenso del río, pero se resisten a hacerlo. Pasan varios minutos y finalmente comienzan a bajar, sin antes despedirse del río, de sus cascadas, de sus vidas, ya no volverán a verlo más.

Pasados un par de kilómetros son adelantados por la derecha, por un grupo de jóvenes que van entonando a Labordeta, se apresuran para acompañarlos en su himno.

En el fondo sienten, huelen, ven, que han tenido una buena vida, siguiendo los pasos de la naturaleza y, aunque aun siguen compungidos, se alegran de haber podido seguir sus ríos de la vida.

 

Y colorín colorado: este cuentecico se ha acabado.

 

Josma

 

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