La ceguera.

La ceguera.

Me quedé ciego a los 30 años. De una manera progresiva: dos sencillas operaciones de cataratas, que se complicaron y en tan sólo unos meses me quede con un diez por ciento de visión.

Emocionalmente fue para mí un mazazo, había perdido las posibilidades de trabajar, de mantener a mi familia, de ver a mis seres queridostuve una depresión, que tras cuatro meses de no poder levantarme de la cama me diagnosticaron como mayor, Salir de ella fue difícil, mucha medicación, algo de psicoterapia y el impagable esfuerzo de comprensión y cariño de los míos.

Andar por el piso fue relativamente fácil, descubrí que me lo sabía de memoria, iba despacito para evitar golpes inesperados, sin que ello me salvara de moratones, arañazos y caídas en el suelo. Notaba el olor de mi gente, sus colonias, sus cuerpos, olía su estado de ánimo, Acertaba cuando entraban en casa, su forma de abrir la puerta, el anticipo de lo que iba a oler…

A la calle no podía bajar sino era acompañado. Necesitaba mucho notar el calor del sol en la cara, oír los ruidos de las tiendas, del bar, oler sus perfumes.

Una mañana que iba custodiado oí una voz familiar que me preguntaba por mi estado de salud, no lo reconocí. Soy Paco dijo, qué alegría sentí. Paco era el ciego que vendía el cupón por mi barrio. Intercambiamos nuestros partes médicos y finalizó aconsejándome que me pasara por la ONCE, donde ´´él recibió ayuda y pudo, tras una espera, conseguir su actual fuente de ingresos, “la venta dels cuponets”

Así que una mañana nos plantamos en la calle Marqués de Zenete, no recuerdo el número, a preguntar por si podían ayudarme. La entrada en el local era húmeda y fría, me resultó ácida.

En aquella época el único ingreso de “ els ceguets” consistían en la venta ambulante del cupón de ámbito local, cuyo sorteo celebraban, por las noches en su local, y que transmitía la emisora local de la COPE en directo, los beneficios eran muy escasos, Entre mis vecinos, gente festiva, artista, burlesca, fallerets,  irónica hasta la crueldad, corría el comentario de una  retransmisión nocturna del sorteo, realizada con un pequeño bombo de bingo por uno de los ciegos que decía: “El premio agraciado hoy ha sido el 213, repetimos el 878”.

Pese a esa paupérrima situación, allí aprendí, con el único instructor que había, a caminar por la calle, protegido pon un grueso bastón blanco, en aquel entonces cuando llegaba a un cruce me esperaba y siempre había un alma caritativa que me tomaba del hombro, me indicaba el momento de cruzar y los obstáculos que debía sortear para llegar a la acera siguiente.

Mi viaje diario me llevaba de casa a mi viejo taller, sabía que me acercaba a ambos lugares por el olor. Mi viejo taller de orfebre, situado en un barrio céntrico y antiguo de la ciudad, olía a un cuero rancio y agrio. Mi casa, a partir de la primavera, olía a azahar. Dos olores tan diferentes me resultaban igual de agradables y me hacían sentir fuerte.

El taller de orfebrería, compartido con mi padre y heredado más tarde. había seguido siendo nuestro sustento, ante la imposibilidad de crear nuevas joyas, las había estando vendiendo todas, para eso no había tenido ningún problema, sabía de memoria las que tenía, las reconocía por el tacto, y las ofrecía a mí, cada vez escasa, clientela. Pero se estaban acabando y nos quedaríamos sin ingresos; seguía en cola para la venta del cupón, que tampoco nos daría suficientes, ingresos para subsistir, un futuro negro y gélido se acercaba.  

Una mañana en la tienda recordé los diseños, que quedaban en mi poder, me fui hacia ellos, los toqué, pero no los pude ver, no tenían relieve, unas cuantas gotas de lágrimas gruesas, corrieron por mis mejillas y mojé los papeles.

Cercano ya el cierre, tuve una idea loca, cogí todos los diseños, los enrollé y los metí en un tubo. Me fui hasta la esquina más cercana y amplia; y levantando mi mano con el bastón blanco, conseguí que un taxi me recogiera y acercara a las afueras de la ciudad, para llegar al almacén que nos suministraba los materiales de fabricación,

Al entrar me saludo Paco, antiguo empleado de la casa, lo conté lo que necesitaba, ¿un relieve de tus dibujos? ¿Algo parecido a un estarcido, pero al revés? Un cuarto de hora después tenía entre mis manos la primera prueba, el grafito que había utilizado para cubrir mi diseño tenía relieve, yo lo notaba y podía verlo, de nuevo, esa sensación fue muy cálida.

A partir de ahí el resto llegó encadenado: conseguí contratar por unas horas, a unos de los aprendices de la escuela de artesanos, a un alevín de orfebre, él copiaba mis dibujos, me hacía pruebas sobre latón y yo comparaba su relieve sobre mi plantilla tridimensional del dibujo. Insistiendo y corrigiendo, conseguirnos armar la primera pieza aceptable, y ponerla a la venta.

Siguiendo mis instrucciones mi ayudante formaba las variantes que yo le iba indicando, yo las palpaba y seguíamos fabricando, casi en serie.

La tienda volvía a tener material para vender, la clientela lentamente fue volviendo, y conseguimos ganar para mantenernos los dos, conseguí no tener que vender la tienda.

Cuando me di cuenta del resultado olí el día más feliz de mi vida, al salir a la calle la mascletá que disparaban me permitió ver un colorido castell fallero.

Y colorín colorado este cuentecico se ha terminado.

Josma

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