La mujer.

La mujer.

Hacía cuatro años desde que la emparejaron con Kato. Dakota no se había quedado preñada y sabía lo que sucedería, lo había visto tantas veces.

Su unión la había decidido el Consejo de Ancianas, En el que se integraban las miembros de la tribu, si reunían dos requisitos: haber tenido un mínimo de dos hijos y que alguno de ellos hubiera tenido su propio hijo.

Así que la media de edad de estas mujeres rondaba los treinta años, era la única organización con participación femenina, el resto quedaba para los hombres. Para tomar sus decisiones las mujeres buscaban la mayor diversidad humana posible, eran un grupo pequeño, solamente tenían unos ciento cincuenta miembros, había que procurar que los niños fueran sanos.

Kato era un buen marido, salía de caza con los compañeros, trataba bien a Dakota, la mimaba, pero era estéril. Había tenidos tres mujeres antes y no dejó embarazada a ninguna. La tribu de siuxs no iba a cuestionarlo, si una pareja no tenía descendencia, la culpable era siempre ella.

Una noche, cuando la luna estaba llena, el jefe de la tribu decidió que, al día siguiente, trasladarían su campamento, en busca de agua fresca y búfalos que cazar.

Esa misma noche la jefa de las Ancianas, se acercó a Dakota, le miró a los ojos, luego al abdomen y le escupió. Ya estaba expulsada del clan de los sioux en el que había pasado toda su vida.

Con ellos había compartido alegrías y tristezas, hambrunas y raramente alguna comilona. Sintió una honda pena y supo que la soledad podría matarla.

Los primeros días Dakota seguía a la que fue su familia, por las noches peleaba con los perros que pertenecían a la tribu, había que disputar los restos sobrantes de comida que las mujeres tiraban a los animales. Las riñas se convertían en combates, en los que llegaba a abundar la sangre.

Una noche, con una luna llena espléndida y maravillosa, la joven subió a un montículo, allí se dedicó a contemplarla, paso toda la noche en esta actividad. Cuando salió en sol, la mujer decidió dejar de seguir a su clan.

Entonces comenzó una nueva angustia, sin comida sin agua, caminando de noche, para evitar el calor, durmiendo de día, entre la escasa vegetación que había.

Tras varios días de aguantar esta tortura, llegó a un poblado, que estaba abandonado. Fue recorriendo al azar algunos edificios, todo ello en busca de agua. Cuando estaba a punto de desfallecer, casi deshidratada, encontró un edificio con puertas abatibles, al entrar oyó una musiquilla extraña. Había, en el lateral derecho, una joven vestida de forma estrafalaria, tocando un instrumento que más tarde supo que se llamaba piano. En el otro lado estaba un hombre frotando unos viejos vasos, vestido de blanco y con un lacito negro al cuello.

La chica se acercó a ella, visto el lamentable estado en que se encontraba, le acercó un vaso de leche, que Dakota tomó de forma rápida, al final se bebió cuatro vasos.

Se oyeron voces en el exterior, eran tres hombres barbudos, sucios, alborotadores, que entraron y fueron donde el hombre, esté les sirvió un elixir secreto, que tragaron con deleite.

Al rato se acercaron hacia la pianista, sus intenciones no parecían muy positivas pero la muchacha sacó de sus ligueros rojos dos pistolas chiquitas y les ordenó se parasen. Los hombres se burlaron de ella, pero el hombre que les había dado la bebida, había cogido una escopeta de gran calibre, y apuntó a unos de los chicos, su sombrero saltó por el aire.

— ¡La próxima vez una bala te perforará el cerebro!

Los bravucones salieron de espaldas, uno de ellos al toparse con Dakota le dijo: “sucia, puta, cerda india, aparta de mi camino…»

La chica de los ligueros rojos—cuyo nombre era Lindsay–, se acercó a la india, la cogió de la mano, la subió a una habitación del primer piso, la bañó, la peinó… Esa noche durmieron juntas.

Las despertó el olor a café y a beicon frito que estaba preparando el hombre del bar. Bajaron a desayunar y las dos hambrientas mujeres, repitieron dos veces el desayuno.

La india recogió los platos, pudo observar a Lindsay hablando con el hombre, no los oía, tampoco los entendía, pero le pareció que discutían.

Lyndsay se llegó hasta ella, y a empujones, le indicó que saliera fuera. Entraron e una especia de cuadra, grande y sucia, la pianista tomó dos caballos, de pura raza Appaloosa, que colocó al tiro de una vieja y carcomida carreta. No olvido Lindsay tomar prestadas dos rifles y varios arcos con flechas. Mucha agua y algo de comida. Se dirigieron hacia el oeste, de forma lenta, pero sin pausa.

En el camino Lyndsay iba enseñando a la sioux, las palabras más utilizadas en inglés Dakota aprendía rápidamente, aunque la cosa se complicó un poco al llegar a la construcción de frases. La india se acordaba de su hermana que enseñaba a los niños de la tribu el significado de las palabras

De forma inesperada, una mañana, encontraron a un tipejo que arrastraba a una india mayor, a la que había atado con una cuerda. Dakota cogió un arco y un par de flechas, la segunda no llegó a utilizarla, con la primera acertó de pleno en la nuca y el individuo cayó fulminado.

Las dos mujeres se acercaron a la anciana que estaba inconsciente, su cuerpo lleno de sangre, mostraba los resultados de la carnicería de aquel cabronazo.

Entre las dos la subieron al carro, curaron de mala manera las heridas de la abusada y la cubrieron con unos trapos sucios, con la finalidad de que no se deshidratara, andaban escasas de agua.

A los dos días la mujer despertó, estaba muy sedienta. Tampoco se entendieron la mujer era apache y no conocían su lengua, que procedía del sur. Así que Lindsay le dio clases, a la nueva también.

Comenzaron a subir hacia el norte, empezaron a encontrar agua y algo de comida. Un atardecer se topó, de improviso, con un campamento. Al acercarse Dakota vio que era su antigua tribu, pero no dijo nada.

Nadie la reconoció, les ofrecieron comida y agua. Cuando había anochecido, se sentaron al lado de una fogata. Se acercó un hombre, habló con Dakota y ésta soltó un par de espléndidas carcajadas. Sus compañeras de viaje no entendieron nada hasta que ella les explico que era Kato, que le había pedido que volviese con él.

Se quedaron varios días con la tribu sioux, Kato no volvió a acercarse. Comieron, cantaron, rieron, lo pasaron bien.

Cuando siguieron su camino, más al norte todavía, no sabían a lo que se iban a dedicar, ni cual era su destino. Cuando llegaron a su objetivo, cada uno desarrollo una actividad:

Entre todas construyeron una cabaña, en la que había una fogata central y una mesa que fabricaron con los restos de la antigua carreta.

La pianista siguió tocando y disfrutando de la vida.

La india mayor, se convirtió en una experta en las hierbas que ofrecía el terreno, las utilizaba tato para comer, como para crear pócimas y remedios, atacantes de la enfermedad.

Dakota se dedicó a la caza y pesca, tras perfeccionar sus dotes de arquera. Junto a sus ya amigas disfrutaban de ellas mismas y de su vida en común.

Y colorín, colorado, este cuentecico se ha terminado.

Dedicado a las mujeres, de forma especial a Mi Olimpia Taxi y Mi Irene Adler.

 Jose Taxi & Josma.

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