La rebelión del abecedario

La rebelión del abecedario

La letra A mayúscula, paró, se quedó levitando a dos palmos del suelo. El resto de: letras, signos de puntuación, enciclopedias, diccionarios, plumas y tinteros. Poco, a poco, cuando se dieron cuenta de la falta de acción de la A mayúscula, se detuvieron también, sin necesidad de exclamar una sola palabra.

Se colocaron en orden alfabético. El silencio se hizo espeso, casi insoportable. Con un leve movimiento de su ceja izquierda, la primera de todas las letras, dio a entender que habían fracasado y que tenían que volver a su origen, siendo como era la primera, una primus inter pares, el acuerdo se adoptó, sin estruendos pero por aclamación.

Unas siete horas antes, dos mujeres vestidas de negro, una vieja, la otra joven, acababan de cerrar aquella casa. Era el estudio de trabajo del afamado escritor Mario Contreras. Las dos iban de riguroso luto, incluso con un velo negro que les cubría la cabeza.

Aquel gesto, cuidadosamente estudiado, era el final del principio, de una historia iniciada unos veinte años atrás. La anciana era la madre de Mario, la joven su prometida. Para ambas su partida se haría insoportable; pronto lo sabrían.

Mario se fue de este mundo, igual que llegó a él, sin gritos, sin dar faena. La primera vez la testigo fue la madre, en esta última ocasión la joven estuvo presente.

Seguramente nadie conocía la auténtica personalidad de Mario, fue un hombre fuera de su tiempo, al que le habría ido mejor, de haber nacido, en pleno Renacimiento.

Mario: escribía, pintaba, arreglaba ordenadores, conducía motos antiguas, participaba en los primeros diseños del primitivo internet, era aficionado a la marroquinería y al macramé, e incluso aprendía solfeo por las noches. Un ser más de película que de realidad. Pero al final la realidad se impuso y Mario feneció tranquilamente, al menos eso aparentó ante los presentes.

Hijo de un padre misteriosamente desaparecido, de esos que se iban a por tabaco y ya no volvían, y de una madre sin oficio ni beneficio, su infancia fue de niño pobre. Curso el bachillerato con una beca del colegio de médicos, su padre había ejercido, poco tiempo, la clínica quirúrgica; pero el colegio  asimiló benevolentemente, a Mario, a la categoría de huérfano de guerra y sufragó las tasas del instituto y algunos de los libros de texto obligatorios.

Cuando estuvo en edad de ingresar en la Universidad, ya no tuvo patrocinadores, así que se alistó en la legión extranjera. Al acabar ese servicio, volvió a su pueblo natal, del que ya no saldría jamás.

Sus inmensos conocimientos los logró a base de leer el diario gratuito del casino del pueblo, visitar la única tertulia existente en la comarca y cultivar la amistad de D. Severo Sargentona, rico venido a menos, pero sabio como pocos y poseedor de una inmensa biblioteca a la que le dio total acceso a cualquier hora del día y la noche.

Previa aprobación de D. Severo, que lo consideró suficientemente preparado, se presentó a un concurso literario, patrocinado por el ayuntamiento se su pueblo, en el que logró el primer premio con su relato: “Un árbol sin sombra”, con los dinerillos de la dotación del premio, empezó a malcomer, y ayudar un poco a su madre, en los gastos de la casa.

A partir de entonces fue ascendiendo lentamente, en el escalafón de escritores de su patria y obtuvo un accésit del premio de novela: Juan Ignacio del Cuervo, con su obra: “Moliendo grano”.

Poco tiempo tuvo para disfrutarlo, a los nueve días del cobro del dinero, fallecía de una terrible enfermedad, cargadito de morfina.

Por expreso deseo de su madre, el velatorio se celebró en el mismo estudio de Mario, su madre estaba educada a la antigua, nadie presentó ninguna resistencia.

Tras dos días de velorio, sus restos fueron inhumados en el cementerio parroquial, en la mayor de las intimidades, su familia, su prometida y su mentor: D. Severo Sargentona.

Nada más terminar los ritos funerarios, las dos mujeres acudieron al despacho de Mario: cubrieron con mantas viejas, los escasos muebles que aún quedaban, bajaron las persianas, cerraron el agua, el gas y la luz. Todo el espacio quedó en una penumbra absoluta.

Pero olvidaron cerrar el contador general de la luz, pues poco tiempo después de abandonar el lugar, comenzaron a oírse ruidillos, a verse chispitas, algo extraño estaba sucediendo.

La primera en sufrir el ataque fue la impresora, comenzó a vomitar:  folios y más folios, rayados, en blanco o con cortes, sin tino ni concierto. Luego le llegó el turno a la pantalla del ordenador. Empezaron a atravesarla: letras, signos de puntuación, enciclopedias, diccionarios, plumas y tinteros.

Cuando todos hubieron salido al exterior, esta vez fue la letra Z, la que tomó la palabra.

— ¡Nos estamos equivocando totalmente! Así no podemos continuar

— ¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Nos tiramos a la vía del tren?

— En absoluto—contesto–, Z. Hay mejores posibilidades.

— ¿Pero qué dices? Contestaron cual coro griego, el resto de los asistentes.

–¡Marcharnos por dónde hemos venido!

— Tal vez no sea una tontería, intervino A, con la autoridad que le daba su posición en el alfabeto, haciendo gala de la ponderación y elegancia que la caracterizaba.

— Pues yo opino que hay mejores alternativas—comentó una pequeño opúsculo–, ¡Lo mejor es no hacer nada! Simplemente quedarnos como estamos, aquí fuera.

— ¿Tú alucinas?

— ¡No! Intuyó que ese hubiera sido el deseo de Mario, ir desapareciendo lentamente, hasta entrar en el metaverso del lenguaje binario. Ya sabéis el de los 0 y los 1.

Volvió a rodearlos un silencio ensordecedor, desde dentro del PC, se oyó una vocecilla que decía, muy bajito, ¡Volved con Papá!…

Y colorín colorado este cuentecico– escrito al séver—, ha finalizado. 

Josma

También llamado Jose Taxi. 

LIBRE TOTALMENTE DE DERECHOS DE AUTOR. 

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