La semilla del diablo cojuelo.

La semilla del diablo cojuelo.

Desde siempre Amanda y Teresa, se sabían diferentes al resto de las niñas. Mientras que en la guardería todas hacían gamberradas y jugaban en el recreo, ellas se ponían a leer cuentos de Chejov, o de Kafka, algo raritas sí eran.

Amanda y Teresa no llegaron a conocer a sus padres, cuando tenían cuatro años fallecieron en un accidente de tráfico.

Las niñas eran gemelas. Tuvieron suerte y encontraron a una pareja que las adoptó.

Las hermanas siempre estaban juntas, iban a los mismos lugares, les gustaba la misma ropa…

Pero había algo que las diferenciaba, Amanda escribía relatos, publicaba un blog sobre temas literarios, le gustaban los escritores: Eva Monzón, Arturo Pérez Reverte, Juan Eslava Galán y por encima de todos ellos, al que ella consideraba el mejor; Eduardo Mendoza.

Teresa también era buena lectora, pero su auténtica pasión era la música, empezó tocando la guitarra, de oído, luego aprendió a tocar el flautín y la flauta travesera, finalmente, aprovechando que los papás se habían cambiado a una casa mucho más grande, consiguió que le comprasen una batería de segunda mano, más tarde sería solista del famoso grupo “Berenice Babea”, eran especialistas en música cubana bailable.

Al cumplir 17 años estaban algo ansiosa, las dos querían ir a la universidad, Amanda quería estudiar Psicología y Teresa Ingeniería Informática, tenían que conseguir unas buenas notas…

Un sábado a las 6 de la tarde fueron a tomar algo a casa de sus amigas: Abril y Naiara. La meriende estuvo muy bien, abundante y generosa, no pudieron acabárselo todo.

Al terminar Abril les propuso jugar a la Güija, las chicas–  Amanda y Teresa no sabían nada de ese pasatiempo–. Al principio fue todo bien, hacían preguntas tontas y entre todas iban moviendo el vaso.

Pero en un momento determinado, la luz se encendía y apagaba continuamente, y Abril preguntó:” ¿Hay alguien ahí?” Si estás manifiéstate. Entonces perdieron el control del vaso, se movía el solito y dijo que era el espíritu del “Diablo Cojuelo”, que estaba allí para plantar en todas la semilla del mal.

Abril se quedó muy tranquila, como si hubiera hecho el experimento otras veces, las otras tres estaban bastante impresionadas.

Salieron de casa de Abril deprisa y corriendo alegando tener mucho que estudiar. Esa noche no pudieron dormir.

Pasaron los días, iban olvidando lo sucedido, aunque seguían durmiendo mal. Un lunes por la noche a punto de acostarse empezaron a oír voces que las insultaban. La frecuencia y el grado de intensidad de los improperios aumentaban.

Luego en ocasiones veían muertos.

Lo más torturante, lo más estresante, era ver un tipo calvo, con bastón, que las perseguía para leerles sus cuentecicos. Ahí se dieron cuenta de que el diablo les había implantado la semilla del mal.

Se que los últimos diez años han permanecido ingresadas en la clínica del Dr. Antúnez, sin ninguna mejoría.

Y Colorín, colorado, este cuentecico—no apto para miedosos, se ha terminado.

Jose Taxi.

También llamado Josma y Diablo Cojuelo.

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