LA SOPERA.

LA SOPERA.

He estado siempre muy corto de vajilla, mis muchos traslados de vivienda, han provocado, entre otras cosas, la perdida de algún plato, de algún vaso, de alguna taza de té…

Total, que de la dote que me prepararon mis padres, para casarme, tan sólo me queda un plato de Duralex, de color indefinible.

Así que he tenido que ir reponiendo, poco a poco, tacita a tacita, montañas de cubiertos, tenedores y platos hondos… ¿Cuánto tiempo y dinero habré perdido en estos menesteres?

Dado mi escaso salario iba, casi siempre, a los sitios más baratos. He conseguido buenas ofertas en muchas grandes cadenas de hipermercados. Por ejemplo y sin ser exhaustivo, obtuve tres cajas de platos: hondos, llanos y alguna tacita de café por sólo 9,95 €.

En uno de los momentos en que mi economía se encontraba casi en la UVI, carente de toda posibilidad de aumentar mis ingresos, tuve que recurrir a visitar Casa Chen, el bazar chino de mi barrio. Pero la calidad de sus mercancías dejaba bastante que desear y no había forma humana, ni alienígena, capaces de convencer que esa taza rota, que le enseñabas antes de salir de su tenderete ya estaba, como mínimo desportillada: “Eso lo ha loto usted, lo tengo glabado en la cámala de segulidad”, contestaba la Sra. Chen, así que me cansé, esa no era forma de ir por la vida.

Desesperado ya, por esta situación se me ocurrió acudir a Tontipop sus resultados no fueron precisamente brillantes, sólo comentaré, para dejar una pista, que estuvieron entre nefastos y muy nefastos.

Así que sin saber que rumbo tomar, pero recordando que todo es contingente, pero contar con una vajilla decente es necesario, comencé a pensar…y pensé… y pensé…

Al final lo que se sigue se consigue, haría un intento más…

No iba a ir yo sólo, eso no lo aconsejaba ninguna clase inteligencia, ni siquiera los chiquitos de la CNN. Así que decidí coaligarme con unos cuantos familiares, aproximadamente once, nos lanzamos a la batalla.

Una vez sentados, comenzaron a sacar los entrantes, a mí se me hicieron muy largos, pero entre risas y bromas, unos no pasamos del primero, otros se lo comieron todo, yo no perdoné el helado de chocolate, estaba muy buenos, pero creo que el de yogur con frutos del bosque tenía que saber mucho mejor.

Llegado el momento del cafelito, hubo dispersión, cada uno quería tomar una cosa distinta. A sugerencia de los propios camareros, dos de los nuestros pidieron un manzapol, cada uno—se trataba de un brebaje compuesto por manzanilla y poleo–, y ahí surgió el negocio. Sin levantar la voz, para no delatarnos a nosotros mismos, y sin contar con un plan B. En todo caso, lentamente al principio, mucho más veloces con posterioridad, comenzamos un atraco en plena regla.

Yo me hice con una taza, un vaso chato, de los de beber vinitos, otro, muy pequeñito, para tomar chupitos. La operación, pese a sus riesgos fue todo un éxito.

Discutimos el número ideal de comensales para hacer un trabajillo similar, al final, tras sesudas reflexiones, concluimos que debería encontrarse en tono a trece, menos hubieran hecho que los camareros del local se dieran cuenta de nuestras artimañas; un número mayor haría que se nos notaran, por su volumen, la cantidad de vajilla que habíamos furtado.

Negaré que he dicho nunca que este es un bonito deporte.

Y colorín, colorado este cuentecico—aunque todavía no haya encontrada una sopera—se ha terminado.

Josma

También llamado, Jose Taxi.

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