Las manos.

Las manos.

El hombre se ha vuelto a sentar en el sofá, sus molestias de espalda parecen encontrar alivio en lo mullido del mueble. Padece artritis reumatoide y los dolores viven instalados en casi todas sus articulaciones.

Ha dejado caer las manos sobre las rodillas y se entretiene mirándolas. A simple vista se aprecia que la mano derecha es la dominante, es más grande, aunque está más inflamada. La izquierda es más pequeña, por contra tiene los dedos más deformados.

Las dos han sido actrices o al menos testigos de tantas experiencias. Con la mano derecha trabajó mucho: redactando borradores de contratos, informes, pliegos de condiciones… La utilizaba además para subrayar los textos jurídicos que leía.

Junto a lo profesional estaban las labores cotidianas y ordinarias que cualquiera lleva a cabo, él las realizaba siempre con la mano derecha. 

Utilizó la mano izquierda para entrelazar los dedos, de aquella jovencita con la que acabo casándose, para acariciarla, para atraerla hacia sí para besarla. Luego llegaron los niños, nada   más nacer los recibió sosteniéndoles la cabeza con la mano izquierda. Todo juego con ellos comenzaba siempre con esta mano. Ahora lleva en ella dos alianzas, una en cada mano, la de su boda y la que heredó de su padre, tras su fallecimiento.

Lentamente, casi con veneración, el hombre junta   sus manos, las aprieta y nota un suave calor interno que se desplaza por todo su cuerpo, es muy reconfortante. De manera casi inapreciable esboza una sonrisa, porque ha tenido la suerte de contar con dos manos, la racional y la emocional. Podría haber subsistido con una sola, pero su vida no habría sido la misma.

Y colorín colorado este cuentecico se ha acabado.

Josma

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