MI DESTINO.

MI DESTINO.

A los dos días de haber nacido, mi madre recibió la visita de la bruja Ijosta, ella no quería que me viera, pero mi abuela y mis tías la obligaron a mostrarme. Las mujeres me cogieron en brazos y me levantaron hacia Ijosta, ésta empezó a gritar: ¡Ales, ales, ales! Su cántico acabo en danza perturbadora, acabaron cayendo al suelo.

A los cuatro años mi madre y mi abuela me llevaron hasta Zsanda, el monasterio de los monjes sabios, me entregaron en la puerta, ellas no podían entrar en el recinto sagrado. No volveríamos a vernos nunca jamás. Mi destino estaba determinado.

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400 años más tarde

Son las ocho de la tarde, acabo de salir del trabajo, soy enfermero en el Hospital público Dr. Álvarez Gómez. Cojo  el autobús, me dirijo hacia el barrió más antiguo de la ciudad, en casa no me espera nadie, salvo mi adorable gato, al que llamo Trueno.

Me duele la cabeza, así que decido bajarme dos paradas antes del vehículo, tomar el fresco creo que me vendrá bien.

Noto que cada vez hay menos gente en la calle, los comercios están casi todos cerrados. Paso por la puerta del bar La Oficina, mis amigotes de allí siguen tomando cervecitas, les saludo y sigo mi camino, con la cefalea que llevo encima no es adecuado consumir alcohol.

Al llegar a la plazoleta del conde Sástago veo como un viejo Saab toma la curva acelerada y peligrosamente, al llegar a su altura paran y abren una puerta de detrás, dos tipos bajan del coche, me dan unos cuantos puñetazos y me cubren la cabeza con un saco, me sientan a empellones, y me vuelven a atizar, el dolor hace que me desmaye.

Me despierto desorientado, sigue el dolor de cabeza, al que se ha unido el de vientre, estoy maniatado a una silla de madera que, a duras penas, soporta mi peso. En un rincón descubro a un individuo disfrazado de Batman, no entiendo nada.

Aparecen tres hombres más, van hablando entre ellos, no entiendo su idioma. El más alto se me acerca y sonríe, tiene una dentadura sucia y asquerosa. Me habla, arrastrando las erres, desde luego no es de Sevilla.

Me dice que saben que soy Ales, que cuanto antes les diga dónde está el paquete, mejor para todos. Le contesto que soy Josma, que no conozco al tal Ales y que no sé nada de un paquete. Me arrea un puñetazo en toda la boca, comienzo a sangrar cual cerdo en día de matanza.

Me mira los ojos, me recrimina por no haberle hecho caso, y me advierte que, si quiero un interrogatorio largo y doloroso, que no me preocupe, que lo tendré.

Pasan varios días, mi estado físico es lamentable, he perdido la noción del tiempo, me temo que de esta no salgo en condiciones de ir a las olimpiadas.

Entra mi torturador, acompañado de una anciana de pelo muy blanco y cortito. Va vestida con una especia de túnica, que le tapa los pies. Se me acercan, al llegar a mi lado, la señora mira el hombre y le dice: “Eres un bestia, lo has torturado. ¿Es eso lo único que sabes hacer? Tomaré medidas, ¡Animal! “

“Batman” le acerca una silla, me mira, sus ojos son azules, reflejan una paz interior enorme. Me coge la mano derecha y me dice: “Soy Ijosta, tú no lo recordarás, pero eres Ales. Nos conocimos hace muchos años”.

Empieza a entonar una antigua canción que me tranquiliza y me adormila, al mismo tiempo. Veo imágenes del pasado, mi madre, mi abuela, la propia Ijosta, por último, la entrada a un monasterio en Zsanda. Ahí se paran los recuerdos. La anciana me sonríe, estoy lleno de paz y de luz.

La mujer se vuelve hacia los chicos y les dice que los monjes me han borrado la memoria, que es imposible que recuerde nada de lo que andan buscando. Luego les ordena que me lleven a mi casa, de manera impecable.

Me mira y me da las gracias por haberme permitido intercambiar nuestras mentes.

Yo sigo sin entender nada.

Y colorín colorado este cuentecico, — ininteligible–, ha terminado.

Jose Taxi & Josma

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