Mini Yo

Mini Yo

Carla Saavedra y yo éramos amigos, vivíamos en un mini piso de 23 m2, en una sexta altura. Aunque trabajábamos los dos no podíamos permitirnos una casa con mejores condiciones, así que teníamos una mini cocina, un mini baño, un mini dormitorio…

Carla trabajaba en la dirección de marketing de un prestigioso banco, yo me quedaba en casa, me dedicaba a la escritura de folletos de electrónica, era un curro aburrido, tremendamente aburrido, pero con unos pingües beneficios.

Los fines de semana nos íbamos a los parques de nuestra ciudad, a respirar y sentirnos libres. En vacaciones y navidades huíamos al pueblo, los dos éramos de Benijosma de Abajo, nuestras raíces y nuestros espacios estaban allí.

Cada vez llevábamos peor lo de encerrarnos en nuestro mini piso, había llegado a ser un problema, nos dieron medicación a los dos, mis dosis eran mayores, pasaba más horas en casa y además estaba más gordo.

Un miércoles sobre las dos y media de la tarde, ese día de la semana Carla libraba por las tardes, estaba yo acabando de preparar uno gazpachos manchegos, que me salen muy bien, modestia aparte, entró Carla y me soltó como si nada que se iba a vivir a Dakota, para dirigir la expansión de su banco en la parte medio oeste de estados unidos.

A la mañana siguiente partió a coger un vuelo trans oceánico, yo me quedé atónito y me sentí, por primera vez en mi vida, como un don nadie, como un mini yo solo.

Si bien no éramos pareja Carla y yo habíamos compartido muchas experiencias, primero en el pueblo más tarde en la ciudad. Sin duda alguna la iba a echar de menos. Tendría que organizar mi vida de otra forma, pero no tenía idea de cómo lograrlo.

Aunque solo fuera puro egoísmo el tener el pisito sólo para mí, era una gran ventaja, todo seguía siendo mini, pero era todo mío.

Recurrí a las clásicas búsquedas en internet, miré lo típico: cambiar de estilo vital, hacer ejercicio, aprender a tocar el contrabajo… No había nada que llamara mi atención.

Sabía que estaba cansado, muy cansado, escribir folletos durante diez horas diarias es agotador. Salí a pasear, la gente que me rodeaba tenían unas indecentes caras de felicidad. Yo no había vivido sólo nunca, necesitaba compañía, nuevos amigos, incluso una novia, alguien en quien recostar mi cabeza machacada y que me permitiera llorarle encima, pero no lo estaba encontrando y eso me incomodaba más.

Hacia veinte días que Carla se había ido, volví a buscar salidas a mi cansancio, a mi hastío y en ello estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Me extraño nunca había llamado nadie en todo el tiempo que llevaba viviendo allí. Algo temeroso, no fueran a atracarme me dirigí hacia la entrada, utilicé la mirilla y me quedé asombrado. Era Paco Porras, el vecino del cuarto, me costó reconocerlo pues venía disfrazado de submarinista.

Se dirigió a la nevera y de un carrito de la compra fue sacando cervezas, tintos de verano y algún gin tonic que otro. Me indicó que como me sabía un poco depre había invitado al todo el edificio. Efectivamente media hora más tarde estaban todos presentes. En eso momento aprendí que mi mini piso era un piso elástico y que mi mini yo era un yo como una catedral.

Y colorín colorado, este cuentecico—absurdo como yo–, se ha terminado.

Jose Taxi & Josma.                     

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