Morgan & Freeman

Morgan & Freeman

–¡Qué individuo tan desagradable!
— Así es, querida Morgan
— ¿Y qué quería?
— Lo de siempre, aumentarme el alquiler 6.000 E. C., (créditos de energía), al mes mientras él ni siquiera me encolaba la mesa de la cocina. Lo de siempre
— Bien Freeman, me temo que lo de darnos un paseíto espacio—temporal no ha sido la mejor de mis ideas.
Se dirigieron al pequeño espacio-puerto, situado en la entrada del complejo de edificios cuya existencia había sido disimulada hábilmente. Al llegar su pequeña nave espacial, con capacidad para 8 personas más el conductor, los estaba esperando. Ambos subieron parsimoniosamente.

Aquel vehículo, estaba dotado de una excelente versión en miniatura, del ya histórico, motor de curvatura, y un rapidísimo ordenador cuántico. Morgan, expertísima piloto, conducía la nave sin ayuda de los instrumentos automáticos, Freeman jugaba con la pantalla holográfica del ordenador.

Tras 10.000 parsecs y 7 plegamientos del espacio temporal, llegaron a la Academia de la Flota Espacial. Freeman advirtió apresuradamente a su acompañante:

— Morgan, verás la iracunda riña que Hackman, nos brindará.
— Tú ¿crees?
— Estoy casi convencido.
— Oh, oh! Yo veo a la Comodoro Roberts. Así que será ella, la que nos someterá a un hábil interrogatorio.


Tras pasar, sin pena ni gloria, cincuenta difíciles preguntas, sin respuesta alternativa, ni comodín del público, se despidieron en la sala de acceso a las habitaciones y, como de costumbre, se citaron a las diecinueve horas, para cenar

Al salir como cadetes de la A.F.E., Morgan fue destinada como oficial 2º en una nave estelar, casi obsoleta. Sus dotes de mando y su creatividad para encontrar soluciones a las situaciones más inesperadas le granjearon, cuatro años después, la capitanía de su propia Enterprise B-1, con ella realizó varias misiones exploratorias. Su hambre de mando, de dirigir personas, de vivir aventuras, iban en aumento. Todo parecía presagiar un servicio en la Flota Estelar brillante a la par que cansino.

Pero hubo cambios con la rebelión de los Romulanos, antigua civilización situada en el cuadrante B 12 de la Galaxia, que visto desde la Tierra quedaría, mirando por encima de Marte, al fondo a la derecha. Allí Morgan coincidió con el Vicealmirante Picard, que mandaba toda la flota de la Federación. La misión que tenían encomendada era de simple vigilancia, estándoles prohibida toda intervención bélica. Sin embargo, dentro de los Romulanos, civilización con antigüedad superior a 300.000 años y que incluso llegaron a contar con talleres de escritura denominados “La Font que Talla”, surgió la tormenta de poder más terrible de las habidas hasta entonces.

Su epicentro se encontraba en Admonition, planeta peculiar donde los haya, contaba con 8 soles, que debieron ser arrastrados allí por una malvada secta de satánica de grado ocho. Las estrictas instrucciones dadas a Picard, que debían guiarle y que él creía que cubrirían cualquier clase de contingencia, devinieron totalmente inútiles.

La intervención de las naves federales, fue imparable e implacable, se establecieron cuatro zonas de apoyo en los sectores adyacentes, de forma que Picard podía recurrir a un refuerzo de tropas continuado y refrescante.

Cuando pareció que todo estaba ganado, Minniver IIª, se atrincheró en el planeta Mercadona, con una población Romulana cercana a cuatro millones de seres, especialmente niños y mujeres. Así pues, la batalla en el espacio, se torno en una intervención sangrienta, a cuyo frente iba el Vicealmirante, asistido por Morgan. Finalmente, Picard optó por no avanzar más en sus incursiones y trasladó a un cuarto de millón de Romulanos a las naves y mas tarde al planeta Hisense. Los cálculos más optimistas cifraron en tres millones el número de Romulanos fallecidos.

Todo ello le valió a Picard el ascenso a Almirante y que su estrategia en esta batalla, fuera tomada como perfecto modelo de lo que no se debe hacer en combate, con explicación holográfica incluida, en las clases de la Academia de la Flota Espacial.

Para Morgan las cosas no fueron tan exitosas. Fue ascendida al rango de Capitán Camel, pero alguna clase de virus intergaláctico, que luego los psicólogos dieron en llamar estrés post traumático, la sometió a una especie de sueño bipolar, en el que a veces estaba de mal humor y otras de mala leche.

Tras un año intergaláctico de baja, Morgan solicitó, al Alto Mando de la Flota su incorporación como profesora de la Academia de Cadetes de la Federación, siendo destinada al equipo de profesores de estrategia naval.

Freeman sufrió unas peripecias muy distintas, tras obtener su diploma como cadete, estuvo cuatro años de ingeniero en varias naves, pero su mente, excesivamente racional y algo cuadriculada, el que se llevaba pesimamente el contacto diario con otros seres terrícolas, o de otras especies menos agradables, tales como los Klingon, los Aurianos y buena parte de los Romulanos. Todo ello junto con su inmensa afición, casi adictiva, a la investigación en los campos de ordenadores cuánticos, tele transportación, y algoritmos no euclidianos, le hicieron solicitar un puesto en los laboratorios de la Academia, que simultaneó, con alguna clase magistral dirigida a los cadetes con formación eco-matemática.

El día que se reencontraron por primera vez, Freeman exclamó:

— ¡Pijo la Morgan! (La expresión ¡Pijo! Debe pronunciarse con acento mursy, Murcia seguía existiendo como tal a mediados del siglo XXIV, pero su dialecto estaba prácticamente olvidado, si bien se conservaban algunos archivos sonoros en la biblioteca de la A.F.E.)
— ¡Gracias por venir! —le replicó ella.
Desde entonces pasaban a diario horas y horas recordando sus antiguas batallitas.

Aquella noche, como de costumbre, Freeman fue el primero en llegar al comedor. Se aseguró de que su mesa habitual estaba libre, miró al Androide que hacía las veces de” room master” y en un gesto característico de Morgan, levantó las cejas dos veces, para avisar de su presencia.

Morgan apareció con un retraso mínimo de apenas veinte periquetes, iba tan aseada como siempre y adecuadamente maquillada, así que Freeman, por esta vez no se quejó de la tardanza, la había encontrado bellísima.

Al sentarse apareció una versión mejorada del famoso Lata, dispuesto a sugerir los platos especiales del menú nocturno.¡No te enrolles robot, que no está el horno para bollos! – le espetó Freeman.

— ¿Morgan lo de siempre o empezamos con un 857, que podemos compartir y luego tú siguen con un 669 y yo continuo con un 1313? ¿Para beber tomamos un ribera del Duero o prefieres una Voll Damm con gaseosa?

— Si pues, casi mejor, una estrella, la de 200 cl., estaría muy bien.

— Venga campeón, ya puedes empezar con tu servicio

— Señor me permito recordarle que no ha encargado su bebida—dijo el robot.

— ¡Córcholis!, es cierto. Tráeme un gin Tonic, largo de ginebra, naturalmente de esas botellas de la India, que tienes apartadas por ahí ¡Bribón!

— ¡Ah no, no! Mejor me pones una jarra de medio galón, sin aromáticos, claro.

— Freeman, ¿No olvidas mi postre? Bien esta noche me atreveré con un yogur de chocolate, el viajecito de esta mañana me ha dejado muy fatigada.

— En ese caso, Latín si la señora no desea nada más puede comenzar el festejo.

La cena transcurrió en una feliz paz, hubo momentos algo tensos para Freeman, que, notando una especie de mariposillas en el estómago, no se atrevía a declarar su amor adolescente a la par que platónico, por ella. En un ambiente de baja luminosidad y adecuadamente perfumado, con fragancias de mirra y aloe vera, comiendo lentamente unes clotxines, guisadas al vapor, una lubina para Morgan y un ajoarriero que sólo probó Freeman. Al compás de Yesterday, Let it be y un My Way del viejo Frank, que hizo que los dos sintieran sus vellos de punta.

Freeman estuvo a punto de solicitar “¿El anillo pa cuándo? Pero, afortunadamente para él, se abstuvo de hacerlo.

Eran una pareja peculiar, tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo; habían logrado un grado de complicidad inimaginable. Su relación era de tan complicada incluso sencilla.

A punto de finalizar la cena, antes de que Freeman fuera a la sala de los puros, a fumar un ratito, y Morgan lo esperase junto con el resto de las señoras en el salón contiguo, ésta le dijo a Freeman:
— Que rarito estás hoy, ¿no?

— Bueno como siempre, admirando tu belleza, tus ojos…

— Venga dime la verdad.

— Este… quisiera pedirte matrimonio.

— Bueno mejor nos quedamos en pareja, con derecho a roce y vamos viendo.

— Ok guapa, tus deseos son órdenes para mí

Ambos entrelazaron sus manos y Morgan dijo: ¡Teletransportación, dos a mi camarote!

Y colorín colorado: este cuentecico se ha terminado.

Josma

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