NO SOY RACISTA

NO SOY RACISTA

No soy racista, ni xenófobo, ni sionista.

Creo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en los tratados de paz, en la justicia social y en la Teología de la liberación.

Odio la guerra, la violencia, especialmente la de género, odio la pederastia y odio la trata de blancas.

No creo en la justicia de hombres, ni en el jurado popular—el único bueno fue el que nos presentaron en 13 hombres sin piedad–, en Estudio 1, con José María Rodero, al frente del mejor elenco de actores del momento.

Creo en Dios, pero no en ese Dios vengativo, violento, hasta injusto, que nos han presentado. Yo creo en el Dios de la Misa Campesina Nicaragüense, especialmente cuando lo canta Elsa Baeza.

Si tu respetas mi condición sexual, yo respetaré la tuya, y si no lo haces, también te respetaré.

Amo a la madre Teresa de Calcuta y a Vicente Ferrer. Odio a Hitler y a Mussolini.

Y sin embargo hay ocasiones en que me comporto indecentemente, vivo solo y hablo con la televisión, creo que les pasa a muchas personas de mi edad.

No quiero justificar lo que voy a contar, simplemente explicarlo, el caso es que veía un programa americano totalmente absurdo, “Chefs de la parrilla”, y en la ronda final, el jugador que el jurado ha elegido, se enfrenta a uno de sus miembros. Total, que de los tres miembros que había dos blancos y un negro, sale éste.

Mi reacción en voz alta fue terrible: “¡Le ha tocado al puto negro cabrón de mierda!”

Al tomar conciencia de lo que había dicho, me quedé asombrado y asustado. Quise morirme.

A la semana siguiente, ya estaba más calmado, me fui a ver a mi hermano mayor, al enterarse me dijo que no podía creerlo. ¿Tú, precisamente ti que eres presidente de la Asociación para la libertad? Bueno soy presidente emérito, le conteste.

— Mira yo no puedo hacer nada por tu triste persona.

Me dio la tarjeta de un psicólogo, el Dr. Agapito Marazuela. Que en sus ratos libres se dedicaba a la recopilación del folclore popular patrio. D. Agapito consideró conveniente simultanear las sesiones de terapia familiar, con las de un buen psiquiatra el Dr. Antúnez, pero no dieron efecto.

Ya no sé que hacer contigo, se quejaba Marazuela, cada vez estás peor. Lo único que nos queda por probar es la hipnosis, y me dio una dirección y un teléfono móvil.

Tardé mucho en poder pedir cita, buena señal—pensé–, eso es que este hombre tiene muchos pacientes.

El día indicado, a la hora impuesta, me dirigí al lugar convenido. Al llegar me llamo la atención lo apartada que tenía la consulta, aquello era un arrabal…

Al conocer al hipnotizador me sorprendieron dos cosas: su parecido físico con Santiago Segura y el marcado acento argentino que tenía. Me contó que había nacido en Buenos Aires, estudio veterinarias y una técnica muy utilizada por aquellos pazos era emplear la hipnosis en sustitución de la anestesia.

Me hizo sentarme en un chéster y comenzó haciendo vibrar un diapasón, sus palabritas me iban relajando, pero a los cinco minutos, de pronto, sin aviso previo, comencé a chillar como un poseso: “¡Le ha tocado al puto negro cabrón de mierda!”.

Así que esta terapia alternativa parece que tampoco dio resultado.

No me queda otra opción que resignarme a vivir el resto de mis días, me comprare un bozal como el que llevan ciertas razas de perros potencialmente peligrosas y abandonaré el carajillo y el gin tonic, no vaya a ser que…

Y colorín colorado, este cuentecico—anti racista—ha terminado.

Jose Taxi

También llamado Josma.

 

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