“O Rei Das Timbas”

“O Rei Das Timbas”

Joao da Silva, había nacido en una humilde morada, en Rio de Janeiro hacía cuarenta años. Era uno de los tres hijos de una familia desestructurada, el padre era alcohólico y la madre ludópata. Así que tuvo que buscarse la vida desde los nueve años.

En las favelas de su ciudad, oficialmente inexistentes, encontró a un hombre sesentón, calvo, gordo, al que llamaban “El tío Antonio”. Con él empezó vendiendo una especie de lotería, de carácter familiar, con un porcentaje de reparto de premios muy bajito.

Posteriormente se introdujo en los juegos de cartas: el buraco, la escoba y finalmente el póker, en este último destacó pronto como jugador.

A los 19 años había ganado mucho dinero con el jueguecito y se marchó a Europa. Por un lío de faldas y unos transbordos erróneos acabó en España, concretamente en Valencia, dispuesto a comerse el mundo.

Por aquella época el juego era ilegal, así que Joao se recorrió todas las timbas de la ciudad, incluyendo su área metropolitana y saltando de vez en cuando a Barcelona, donde se jugaba más fuerte.

Era un gran farolero, muchas veces hacía apuestas grandes, sin llevar ninguna combinación de cartas aceptable. Era un psicólogo que había estudiado en la universidad de la calle.

Pero llegó a un punto que las partidas le aburrían, decidió montar con sus ahorrillos y un préstamo que consiguió al 17 % de interés, sus ganancias de jugador, su propia timba a la que llamó, en secreto: “O Rei Das Timbas”.

Sin embargó el negocio no funcionó como él esperaba, su fama le precedía y la gente no entraba a jugar.

Así que volvió Río, esperaba contar con ayuda del tío Antonio, pero este se negó, e dijo que era una deshonra para el gremio, por ser demasiado benévolo en su oficio de tahúr.

Joao, totalmente solo, repitió la jugada y montó una timba, algo estrafalaria en cuanto a su decoración: espejos por todas partes, tapizados en rojo, señoritas vestidas como las de los años veinte. Aquello parecía una casa de putas, más que una de juego.

A los tres años tuvo que cerrar el negocio y no supo qué hacer.

Mientras, el tío Antonio lo había perdonado, así que se vio en la necesidad de volver a vender la lotería de Antonio.

Y colorín colorado, este cuentecico se ha acabado.

Jose Taxi & Josma.  

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