Patrullando la ciudad.

Patrullando la ciudad.

José Luis Martínez era un caso excepcional: fue expulsado de una empresa de seguridad por tratar excesivamente bien a “sus clientes”. No había forma de meterle en la cabeza que en aglomeraciones de personal y similares, un buen mamporro era imprescindible. De manera que la empresa lo despidió, tuvo que indemnizarlo, pero los jefes consideraron que estaba dando un mal ejemplo a la plantilla, por otra parte, dado que sólo llevaba dos años en la compañía y el bajo salario por el que se cotizaba, la cuantía de la compensación fue ridícula. Eso sí tuvo derecho a cobrar la prestación por desempleo.

Por aquel entonces Martínez estaba soltero, tenía novia, pero él seguía viviendo con sus padres. Por lo que tenía pocos gastos.

Su afición por la seguridad y su interés por el prójimo le decidieron a matricularse en la Academia Esparza y opositar para el ingreso en la policía nacional. Las pruebas físicas se las preparaba solito, había sido tres veces campeón de España de triatlón.

Aprobó a la primera, quedó en uno de los últimos lugares, pero ingresó en el cuerpo. Su primer destino fue la comisaría de Gandía, una ciudad con un puerto de mar por el que algunos espabilaetes intentaban colarles algún producto más bien tóxico.

Estuvo cerca de cinco años patrullando la ciudad y el puerto, especialmente de noche, la mayoría de las veces iba él solo. Martínez se sobraba para repartir justicia y alguna que otra hostia, ventajas de haber sido monaguillo de crío, y de haber aprendido de experiencias anteriores.

Una noche, a punto de despuntar el alba, tuvo un encuentro inesperado. Paseaba cercano a la bocana del puerto, a la altura de un barco, llamado Boramar, que prestaba servicios de viajecitos por el interior del puerto y que también navegaba un par de millas en alta mar. De repente aparecieron dos tipos, altos, fornidos, barbudos y le dijeron: “¿Tú eres Martínez Torrente? ¡Te vas a enterar, cabronazo, que con el clan de los Pelayos, no se juega!”

Los chavalotes se abalanzaron contra Martínez, que esa noche, una vez más, estaba solo. José Luis les esquivó como si fuese un torero, luego sacó su arma y disparó dos veces hacia el cielo, pero se hizo hacia atrás, para tomar cierta distancia de seguridad, tropezó con una lata de cerveza llena, que alguien olvidó en el suelo y cayó cuan largo era.

Los malvados maleantes aprovecharon y se abalanzaron sobre él, lo molieron a palos y le asestaron dos navajazos, uno en que le cortó el tendón de Aquiles y el otro que le interesó el hígado. Luego los dos individuos echaron a correr.

Al principio Martínez no notó nada, pero un rato después el dolor le enturbió la cabeza. Intentó ponerse de pie, pero la pierna derecha, muy maltrecha no le respondía. Boca arriba se arrastró como pudo hacia su coche, tardó más de quince minutos en llegar al vehículo policial. En su agónico camino pensaba que el objetivo estaba cada vez más cercano.

Al llegar se encontró con que no podía alcanzar la radio, no podía avisar, así que permaneció tumbado para recuperar fuerzas. No se había dado cuenta, pero en su camino había dejado un rastro de sangre muy abundante.

Mientras descansaba recordaba claramente imágenes de su pasado, su mujer, el hijo que tuvieron juntos y que por una mala praxis médica falleció nada más nacer. No sabía el motivo, pero no se podía quitar de la cabeza a Armando Follones, antiguo compañero de estudios, un tipo más que estúpido, sin llegar a la enfermedad mental…

Intentó, una vez más, alcanzar la radio, consiguió descolgarla y chillar un SOS, pero al momento se desmayó

Al despertar notó un frío intenso, estaba paralizado de cintura hacia abajo. Escuchó la sirena de una ambulancia, fue un sonido reconfortante.

De pronto dejó de respirar.

Y colorín colorado, este cuentecico—patrullero y homicida–, se ha terminado.

Jose Taxi & Josma.                     

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