¿Pitón o navaja?

¿Pitón o navaja?

Andrés es un buen chaval, alto, fuerte y educado. Pero hubo un momento de esa tarde en el que llegó a temer por su vida.

El asunto comenzó cuando a las 17:03 horas, cogió su chupa, su cadena, llamada en el argot “pitón”, y bajó a la calle, se subió a su destartalada motocicleta, marca mobylette, modelo 0.24 y se dirigió al polígono, al socorro de un amigo.

Tras una larga media horita de trayecto, esquivando baches, intentando retomar la dirección de su máquina salvaje y debocada; siendo sometido a un baqueteo continuado, por culpa de sus inexistentes amortiguadores, en sus ya de natura maltrechos riñones; Andrés llegó al polígono…

¿Qué encontró allí? Pues cómo era de esperar aquello estaba lleno de poligoneros y poligoneras, éstas habían superado, desde antiguo a los hombres, tanto en inteligencia, estrategia, constancia y táctica militar. Ellos fueron, eran y seguirían siendo, unos simplones, carentes de cualquier virtud.

Tras abrirse pasó entre grupitos sospechosos, hartos de consumir birras y canutos, sortear hogueras, unas de leña de baja calidad, y otras, la inmensa mayoría, encendidas con viejos neumáticos, en los que unos cuantos asaban castañas e intentaban calentar sus manos.

Así a lo tonto, habían transcurrido más de tres cuartos de hora desde su llegada y del amiguito de Andrés no se sabía nada, mira que el chaval estuvo preguntando, a unos y a otros, pero nadie sabía nada. De modo que nuestro joven héroe decidió volver hacia su casa.

En el preciso instante en que iba a salir de aquel absurdo polígono, de forma hexagonal, se presentaron unos coches, con lucecicas azules en el techo, era la policía. El que parecía ir al mando le grito: ¡Chaval, tírate al suelo, arrodíllate y las manos a la cabeza! ¡Ni te muevas cabronazo!

El tipo siguió repartiendo instrucciones a diestro y siniestro: ¡Carlos tu grupo y tú despejadme la zona Oeste! ¡Avisad al negociador, al forense y a una ambulancia! Esta tarde va a correr sangre por estos andurriales.

Al cabo de un buen rato llegó el negociador, del forense y de la ambulancia no se sabía nada.

Jefe ¿Quién es el cabecilla?

— El de la mobylette.

— ¿Y usted—Jefe–, cree que un tipo con esa moto, por llamarla de algún modo, puede ser el narco que ha organizado toda esta fiestecita?

–¿Y usted ha pensado que esa pueda ser su coartada, su manera de evitar que nos fijemos en él?

— ¡Venga, de acuerdo! Consígame un megáfono e intentaré comenzar el regateo.

— ¿Un megáfono? Si tiene que hablar con el mamoncete ese, el que está arrodillado a dos palmos de usted.

— Lo siento, no me di cuenta.

— ¿Usted dónde ha estudiado negociación?

— En unos cursos online, cómo optativa, con otro grupito muy interesante de asignaturas, en el que nos impartían también Epistemología.

— Joder, ¡Manolo! Acércale al tipo éste lo que pida, al negociador, quiero decir, al otro ni agua.

— Bueno Chaval, pues vayamos hablando, no tengo mucho tiempo que perder.

— Pues usted dirá lo que quiere, yo no tengo nada.

— Siempre hay algo que ofrecer, esto es una especie de regateo.

— Pues pida usted, primero, ¿a ver si conseguimos llegar a un acuerdo? Por cierto, mi nombre es Andrés, ¿Y el suyo?

— El mío, por motivos de seguridad, no puedo dártelo,  el auténtico es negociador, pero mira me has caído bien y tú puedes llamarme “Nego”.

— Empiezo ofreciéndote un mes de pago de un paquete completo de Netflix, a cambio de tres rehenes.

Nego, ¡no hay ningún rehén.!

–Pocas ganas de colaborar chavalote. En ese caso te ofrezco, mira esta “navajita plateá”. ¿Y tú que me das a cambio?

— Pues le podría dar mi moto, pero en el estado en que se ha quedado, no me atrevo. ¿Qué tal el pitón? La cadena de amarrarla, quiero decir.

— Mira, no me parece un buen intercambio, pero va a empezar el fútbol, ya sabes el deporte ese de ir dándole pataditas, cabezazos y alguna chilena a una pelotita. Así que: ¡Acepto!

— Bueno una navaja por un pitón, me parece ajustado.

— Ale, pues trato cerrado.

–¡Jefeeeee! Ya hemos pactado, los detalles se los doy en Comisaría, que se ha hecho tarde, venga ¡Vamos que nos vamos!!

— ¡Oiga Señor Nego! ¿Podría acercarme a casa?

— Bueno, voy con mi coche particular, de acuerdo. ¿Te gusta el fútbol, Andrés?

NOTA DEL AUTOR: Este cuentecico es una versión libérrima de una historia real, que le sucedió al hermano de un amigo de Tiko. Gracias a todos ellos por prestármela.

 

Y colorín colorado este cuentecico—negociador—ha terminado.

Josma

También llamado José Taxi.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.