¡Qué casualidad!

¡Qué casualidad!

Si pasáis por casa, sobre las dos de la tarde, no me encontraréis, estoy en un pequeño parque, muy cercano. Voy allí, tras haber hecho mis recados, para descansar y fumarme un cigarrillo, medio a escondidas, antes de subir al piso. A esas horas no hay niños jugando y creo que mi humo no molesta a nadie.

Coincido con las profesoras de infantil del colegio público, un grupito de cuatro o cinco, que se han llevado las fiambreras con la comida y aprovechan el descanso para comer al sol.

Yo, desde luego, no escucho sus palabras, pero, sin querer, me entero de casi todo, ventajas de tener un oído fino. Ellas hablan de las incidencias de la mañana, de las trastadas de “sus niños”, de los malos modos del director… Sin sospechar que yo estoy al tanto de sus conversaciones.

En ocasiones sus confidencias alcanzan puntos de interés y relatan:  detalles de sus hijos, de sus parejas, de sus parientes. A mis estos retazos de vida personal me llenan de alegría, vivo sólo y añoró todas esas experiencias, perdidas por mi incompetencia y desgobierno.

Son mujeres: jóvenes unas, otras maduras, pero todas me demuestran lo ignorante que soy en el conocimiento y comprensión de su género, nunca he sabido lo que de verdad sentían o querían, así que hago esfuerzos para ser empático y aprender sobre ellas.

Un medio día estaba yo sentado, en un banco estratégicamente situado para el fumeteo y la audición, las chicas se pusieron a hablar sobre los novios que habían tenido. Una contaba que se casó y formó una familia con el primer novio que tuvo, otra que se decidió por el quinto con el que se relacionó y la última, Amanda, explicó los motivos de su soltería.

Resulta que había tenido un noviete durante unos seis meses y éste no la tocaba. Las compañeras se asombraron- quieres decir que no hubo sexo- preguntaron.

— No, digo que no me tocaba, que si íbamos una tarde al cine y yo le ponía mi mano encima de la suya, él la retiraba. ¿Así qué vas a pensar, que no le gustas o que tiene un problema psicológico, no sé? Lo cierto es que me dio mucha pereza resolver la incidencia y lo abandoné, sin ninguna explicación. Dejé correr el suceso y mirad al final no me ha interesado ya buscar pareja.

Aquella revelación no me pasó desapercibida, me di cuenta que yo estaba sonriendo descaradamente, llegaba casi hasta babear, aquella chiquita me estaba llamando, sin todavía haberse dado cuenta. Sin poder resistirme me levanté y me acerqué hacia ellas.

— Señorita usted no me conoce- le dije a la que me gustaba.

— Bueno lo veo casi todos los días, en su escondite de fumador.

— ¡Ya! sonreí, el caso es que usted debe ser la profesora de mi nieto. Hoy no ha podido ir al colegio, su madre y yo lo hemos estado cuidando, ahora me voy a la farmacia.

— Pues Caballero no caigo, ¿no será el chico que está jugando al balón ahora mismito?

— No, no Señorita, es su amiguito, su más mejor amiguito que dice mi nieto.

— Vaya, que casualidad, es usted el abuelo de Pepe.

— ¡Me alegro! Es un buen niño.

— Tengo que marcharme, la Sra. Farmacéutica estará a punto de cerrar.

Me despedí, comencé a caminar y de pronto paré en seco, ¡Señorita! ¿No querría quedar alguna tarde, cuando acaben sus clases y así podemos hablar de mi nieto?

La profesora me sonrió, pero no dijo nada.

Habían pasado dos meses desde nuestra conversación y la maestra no había dado señales de vida. Una tarde me atreví a acercarme al colegio para intentar hablar con ella, pero no la vi. Los niños parecían haber terminado sus clases. En la verja de acceso encontré al que supuse el portero, y le dije:

— Estoy buscando a la maestra de mi nieto, el crío se llama Pepe, el nombre de ella no lo recuerdo, hace días que no la veo.

— Caballero, aquí somos más de cuarenta profesores.

— Una morena guapa, con el pelo recogido, muy risueña–  insistí.

— Creo que habla de Lorena, la que se ríe de los curiosos, hace unos días me contaba que había utilizado la historia de un novio que la rehuía físicamente y un señor mayor le dijo que era la profesora de su nieto, que forma de ligar tan simplona, algún viejito verde, me temo.

— Pues no, no es esa chica, mentí.

Me alejé avergonzado, pensando en la clase de individuo en que me había convertido, incapaz de entender a una chica; pensé que la chiquita me sonreía, cuando realmente se estaba riendo de mí.

Me temo que las casualidades no existen.

Y colorín colorado, este cuentecico, hoy de verde chillón, se ha terminado.

 Josma.

 

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