SOLEDAD

SOLEDAD

Hace tres años que vivo solo y estoy muy bien, no echo en falta a nadie. Me divorcié siendo sesentón y decidí irme de casa, hice lo correcto. Nuestro hogar feliz se había convertido en una leonera, llena de alimañas violentas, el aire era irrespirable, mi ex y mis hijos me hacían la vida imposible, creo que disfrutaban con ello.

Reconozco que no soy una persona fácil, tengo mis gustos y hasta mis manías, pero tengo derecho a ser como soy. ¡Sí yo los soportaba! Admito que alguna vez, o muchas,  da igual, levantaba la voz y volvíamos a discutir. Mis estudios de filosofía y lógica, han contribuido a que mis argumentaciones sean sólidas y estén bien construidas, pero hablar con gente de raciocinio disperso, mutable, hasta incoherente, me resulta muy cansino.

Ahora vivo mucho mejor, mi vida es sencilla, soy dueño y señor de mis actos, de mi territorio, de mi destino. Ahora ya no trabajo, estoy jubilado, así que dispongo de mucho tiempo libre, que administro inteligentemente.

Mi rutina diaria es muy sencilla, me levanto cuando me despierto, tomo un café y fumo unos cigarrillos. Luego arreglo la casa, cada vez se me da mejor, quiero tenerla limpia y ordenada, me da miedo que si no la atiendo bien acabe convirtiéndose en una pocilga. Entre limpiezas de polvo, lavados de suelos y aireación de los cuartos, no invierto mucho más de una hora. Aprovecho ese tiempo para poner una lavadora y, cuando acaba, tenderla.

Soy muy escrupuloso con la higiene personal, así que el afeitado y la ducha son diarios. Me encanta la sensación de bienestar que tengo cuando todo limpito, me visto con ropa lavada.

Me encanta leer, así que me bajo al bar de la esquina a desayunar: café con leche y algo de bollería. Cuando hace buen tiempo salgo a la terraza y pido un gin-tonic, es una bebida que cada vez me sienta mejor, recompone todo mi aparato digestivo. Comienzo a leer, especialmente textos filosóficos, tras el tercer cubata y medio paquete de cigarrillos, me levanto y camino hacia el bar de la esquina próxima, me gusta mucho su terraza, hace siempre bastante sol. Allí sigo el mismo procedimiento unos buenos tragos y más tabaco, con ellos mis lecturas fluyen mejor.

Hacia mediodía vuelvo al bar que visité primero y tomo algo más, generalmente me siento yo solo, tengo algunos conocidos, pero me canso de aguantarlos, son incultos, cotillas, zafios, en fin, yo no estoy para perder el tiempo. Muchas veces me quedo a comer allí, el menú del día y un par de copas de vino. Luego un café solo y algún chupito de orujo, si no tengo prisa aún podré consumir algo más de tónica con mezcla.

Antes de las cuatro de la tarde ya estoy en mi piso, enciendo la televisión y me siento en mi sillón favorito, en minutos me quedo dormido, es normal tanto paseo me cansa, pero eso refuerza mi organismo.

Cuando me despierto de mi siesta, me observó, si estoy de buen humor me quedo en casa, si me noto algo decaído salgo a la calle y repito los caminos mañaneros.

 Ahora ando con una muleta, la otra tarde me caí, tuve que ir a urgencias, allí me vendaron el tobillo derecho, tenía un esguince. Estoy seguro que mi despiste fue a causa de la mala vista de la que disfruto, aunque el médico que me asistió—un tipo insoportable—me dijo que bebía demasiado, que acabaría teniendo problemas, si es que ya no los estaba padeciendo.

Es fácil hablar de la vida de los demás, sin conocerlos, sin saber los motivos de lo que hacen: si beben, si fuman, si juegan… sus motivos tendrán.

Por las noches ceno a las diez, poca cosa, comida ligera, me gusta cuidarme. No tomo postre, pero un descafeinado con sacarina alegra mis noches. Luego cojo la botella de wiski o la de ron y me pongo unas rondas. Sirven para anestesiar mi cerebro, me preparan para dormir, son un buen armamento contra la melancolía, aunque a veces, tienen un efecto contrario y me recuerdan que estoy solo, que ya no tengo ni familia, ni amigos, ni conocidos. Lo negativo es que, últimamente, he empezado a pensar que he sido yo el que los ha ido apartando de mi vida. Aunque, en el fondo, siga creyendo que no se merecían, ni se merecen, ni se me merecerán, disfrutar de mi compañía.

Josma Taxi

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