Soledad.

Soledad.

Siete años estuve en la policía local. Luego cometí una tontería, le guardé en mi taquilla un poquito de heroína a un colega y me pillaron. El expediente disciplinario concluyó en un despido y una recomendación para el juzgador en vía penal, 5 años de prisión estarían muy bien, según el instructor policial, menudo hijo de la gran puta, estaba hecho. Recurrí en la Audiencia Provincial. Pese a los esfuerzos de mi abogada, que se centró en la ausencia de condena previas y en que yo era adiestrador canino de perros guías, no hubo absolución. Fui condenado a realizar seis meses de trabajos para la comunidad.

Todo el proceso había durado cerca de dos años, durante los cuales había estado sin ingresos, Tuve que marcharme al pueblo. Villar de entrecañas de en medio, en el que aún vivián mis padres. Al principio todo fueron alegrías, buenas comiditas y algún traguito de mistela. Pero, cuando mi Sra. Madre se enteró del lío penal en el que estaba metido, me dijo: “Jorge Andrés, serás buena persona, pero esto es lo peor que has hecho desde que dejaste a la Virtudes, hoy felizmente casada con un hombre 15 años mayor que ella, pero que tiene tres farmacias, veranean en la costa azul, asín que no te digo más nada”, Mi padre asentía, de vez en cuando soltaba algún latinajo: “Sumsum corda, mutatis mutandis” eran reminiscencias de la etapa en que fue monaguillo.

Cuando estaba a punto de tirar la toalla, me llamaron del Hospital de terminales Carlos Ledesma, llegué en un par de horas. El centro estaba dirigido por la Dra. Hernández, que me enseñó las instalaciones. Le conté que estaba sin blanca, que para bajar del pueblo había tenido que hacer autostop, que no tenía ni para comer ni para alquilar una habitación, eso no es problema, aquí comerás, como mínimo tres veces al día y si no eres escrupuloso siempre hay camas libres, se nos muere más de un paciente al día.

Y así fue, de hecho, creo que esa ha sido la mejor etapa de mi vida.

Cumplida mi condena, expiada la culpa, faltaba reinsertarme en la sociedad, eso me correspondía hacerlo mí en solitario.

Gracias a que una oficial, amiga mía, del cuerpo de policía, se había liado con el gerente del metro en Valencia, conseguí un contrato temporal como segurata y vigilante del subterráneo. Al ser el más novato mi horario era de nueve de la noche a nueva y media de la mañana, con libranza un miércoles cada dos semanas y un salario bruto de 1.275 € al mes.

Encontré una pensión baratita, con habitación individual, en una sexta planta. sin ascensor y sin derecho a cocina. Si bien es cierto que podía usar el cuarto de baño, estaba tan anticuado y tan sucio que prefería ducharme en las instalaciones del propio metro.

En el cuartucho de enfrente mal vivía Mustapha Soussi, marroquí que aún conservaba y practicaba, a escondidas, la religión cristiana. Se mantenía mediante la venta puerta a puerta de cuchillos y maquinillas de afeitar eléctricas. Almacenaba sus existencias debajo de la cama, par evitar que la patrona se enterase de los artículos con los que traficaba.

Era una persona jovial y divertida, Me invitaba a pasar a su cuarto y beber té moruno, al que ponía azúcar de caña y hierbabuena. Nunca me ofreció comprar sus artículos, según él yo era su amigo y no un simple cliente.

Se acercaban las Navidades y yo lo notaba extraño, aunque, cuando le señalaba su estado me contestaba que estaba bien, contento como siempre. En la siguiente tarde en que nos tomamos un té, le volví a preguntar, esta vez reconoció que estaba triste, habían pasado siete años sin ver a su familia, le faltaban trecientos euros para pagar el viaje, no los tenía, ni los iba a conseguir, en esta época del año, las ventas flojeaban mucho.

Bueno eso no es problema yo te compro todo lo que te queda por vender, y antes de que te niegues, te diré que yo también soy tu amigo, y los amigos se ayudan cuando lo necesitan.

A los dos días se marchó, y me quedé en soledad.

Y colorín colorado, este cuentecico—amigable –, se ha terminado.

Jose Taxi & Josma.                      

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