¿Un buen día?

¿Un buen día?

Tras el último bocado, lleno de aceite y una pátina de pura fritanga, con el regusto de la mezcla de ajoaceite y calamares, apura el trago de carajillo de baylis, Se despide con un ¡Hasta pronto chavales! Sale del local, a la espera de cualquier cosa

Piensa que ese puede ser un buen día, pero tiene muchas dudas, tantas veces pensó lo mismo y luego acabó muy frustrado. ¡Ay, los hombres somos marionetillas regidas por el mero capricho de los dioses!

Tiene cita en la Junta de Distrito del Ayuntamiento, pero el autobús llega con retraso, así que coge un Taxi. Tras dar los buenos días dice: “Vamos a Beato Nicolás Factor 1, tengo mucha prisa”.

Afortunadamente el tráfico está bastante fluido, así que llega una media hora antes de la que tenía reservada, se sienta y espera pacientemente, a que en la pantalla digital aparezca su número y la mesa a la que tiene que dirigirse, saluda a la funcionaria, que está algo ansiosa de atender a tanta gente. Ciertamente siempre salía su mesa en el cartel de aviso a los citados. O el algoritmo que regulaba el sistema estaba estropeado, o lo dirigía algún amante despechado.

Vamos a ver Caballero, ¿trae toda la documentación?

— ¡Creo que sí!

— Comprobémoslo: el DNI, el Certificado de Discapacidad, el justificante del ingreso de la tasa. Falta la foto, es una pena, tengo estropeado el escáner, ¿A ver a quién le pido ayuda? A esos dos haraganes de enfrente, va a ser que no, bueno pues a la de siempre, a nuestra Pepita Oquendo. Un minutito señor.

— Perdone la tardanza, el teclado del ordenador de la Oquendo, tenía una tecla enganchada y nos ha estado dando guerra. Aquí tiene su carnet, recuerde que le sirve para todos los transportes del Área Conjunta de Valencia. Gracias por su paciencia Señor.

— Gracias a usted siempre, señora funcionaria.

Ahora sí que se le hace tarde, pese al adelanto inicial, los problemas informáticos le han alterado su agenda. Entra  en el primer bar que encuentra, “Pizzería Qukamonga”, se acoda en la barra y pide una cerveza fresquita con un poquito de tabasco, está excepcional, tendrá que tomarla más veces, es pura ambrosía.

Saca su móvil del bolsillo izquierdo de su vaquero, enciende la Excel que le ha instalado el hijo del portero de su finca, comienza a cuadrar su agenda, pero le resulta complicado, empieza a ponerse nervioso…

Dos cervezas más tarde, que están también muy fresquitas—sin tabasco esta vez, comienza a notar cierto picor en sus hemorroides–, ha preparado cierto plan que “no lo explico, lo hago”.

Coge el 27, es su primer viaje con su todavía por estrenar bono autobusero, baja en la Calle San Vicente a la altura de la Calle Sociólogo Marvá, entra en la Academia musical “El Flautín” y asiste a la clase de castañuelas, que imparte Olimpo Descartes, antiguo director del Coro Vírgenes Ameliensis. Cómo tiene cierta prisa, ya se lo advirtió a D. Olimpo, al llegar, reduce su estancia a 47 minutos y marcha corriendo, sin rumbo fijo.

Toma de nuevo el celular, reajusta la agenda y se acomoda a la nueva variación de tareas. Se acerca a la piscina, antigua sede del mercado de Abastos, se cambia, se lanza en bomba a la pileta, y nada de espaldas cien largos, es que la piscina, anunciada como reglamentaria, no pasa de veinticinco metros. Tras una ducha rápida, pasa del afeitado, tras un secado a fondo, sale a la calle, esta vez toma un taxi, tiene que hacer un gran esfuerzo para no decirle al conductor: “siga a ese coche”, pero tiene la templanza suficiente para lograrlo y le indica: ¡Al hospital, a consultas externas!

Vuelve a llegar con tiempo más que suficiente para su cita, pero la cola es enorme y se demoran en atenderlo cerca de una hora. La visita es cortita, se trata de la repetida revisión trimestral.

Esta vez llega a tiempo de subirse, por los pelos, en el autobús número 9, puede sentarse y todo, ¡Qué exitazo! Baja en José Soto Mico, esquina con Pintor Rafael Solbes, y se adentró en el Chárter más próximo. Allí compra dos botellas de ron, tres de vino, del bueno, paga con su tarjeta de crédito, tras decirle al cajero su número de la del misma tarjetita Chárter, de marras

Ahora sale, ya tranquilo, como vive unas veces solo y otras más solo todavía, para  en el Bar Pardo, y es enganchado por Maria Luisa, que es la mujer más habladora del barrio, opinión que es sostenida por todos los parroquianos del bareto, sólo le superaba su marido, Rafael, que habla a borbotones, olvidándose incluso de respirar. Ahora ya no toma más cerveza, se conforma con un carajillete de anís. Puede deshacerse de los parlanchines, con la excusa, cierta por otra parte, de que le van a cerrar la farmacia, llega cuando  están a puntito de bajar la persiana, pero puede conseguir toda la medicación que le falta, ventajas de ser cliente habitual.

Llega a casa, sobre las seis de la tarde, a esas horas es ya imposible, hacer una siestecita, así que abre una lata de fabada asturiana, que guarda para emergencias en un armario de la cocina.

Como tiene contratado el Nerflix se pone a ver un par de horitas “Entrevías”. Una serie más que recomendable, con un Jose Coronado sencillamente espectacular. A las ocho y cuarto se toma un retardez para templar sus nervios, y al rato nota sus benéficos efectos. Siente una relajación física y mental importante.

Se pone a escribir este cuentecico, no puede mantener una actividad mental tras la cena, se desvela casi siempre.

Acabada la escritura, comienza a preparar la cena. No quiere volver a comer de lata, así que se cocina un solomillo a la Wellington, acompañado de espárragos trigueros, que toma en la cocina, le da pereza utilizar para el solito, la mesa del comedor.

Termina la cena con una generosa ración de queso, por algo su bisabuelo había sido un afrancesado.

De nuevo enciende la tele, esta vez recurre al Amazon Premium, ve una peli, que le provoca mucha risa a la par que nostalgia, se llama algo así como “Una noche en la ópera”. De los hermanos Marx, que nunca supo si eran hermanos, o no.

Ya en la cama, mientras coge el sueño, repasa su día y entiende que ha sido bueno, mañana será otro y Dios proveerá.

Y colorín colorado, este cuentecico—un tanto largo y agitado—se ha terminado.

Josma.

También llamado Jose Taxi.

 

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